Categorías: Opinión

Interior nos quiere resignados

La desconfianza del ministro de Interior ya no se restringe a los altos mandos de la Guardia Civil, sino que se proyecta sobre la totalidad de los ciudadanos, que tampoco gozamos de su confianza. A tal fin, ha enviado instrucciones a los agentes policiales para que, cuando multen por alguna a infracción en estas etapas de la desescalada (por ejemplo, no llevar la mascarilla obligatoria) la sanción pueda ascender a 2.000 euros, si el sancionado no la recibe con resignación. Puede que sea la primera vez que, en una actuación policial, aparece la resignación como un elemento que puede considerarse agravante o atenuante. Además, mientras existe el alcoholímetro para medir el grado de alcohol del conductor, creo que no disponemos de "resignómetros", ni siquiera procedentes de esas empresas chinas que nos han vendido mascarillas defectuosas.

Todos tenemos una idea de qué es la resignación. Naturalmente no se puede tratar de la resignación cristiana, porque tenemos la suerte de gozar de un gobierno progresista y la religión, sobre todo la católica, le produce un evidente rechazo. Ahora bien, al no disponer de "resignómetros", dada la novedad del criterio sancionador ¿cuáles son los signos evidentes de resignación? ¿Inclinar la cabeza hacia abajo, en signo de humildad? ¿Asentir con dulzura en la mirada? ¿Ponerse de rodillas ante el agente de la autoridad? Por el contrario ¿cómo puede medirse la ausencia de resignación? ¿Un silencio hosco y seco puede considerarse como aspirante a que te multen con 2.000 euros? Pasando al otro extremo ¿si das muestras de excesiva alegría, queriendo expresar que no estás enfadado, puede considerarse un intento de cachondeo? El asunto se me antoja difícil. No quiero decir que el ministro se haya precipitado tras escuchar cómo le piden que dimita en el Congreso de los Diputados, no. Pero aun comprendiendo que estar todo el día cesando y recibiendo dimisiones quita mucho tiempo, lo cierto es que estamos ante unas probables arbitrariedades sancionadoras que desasosiegan. Y, menos mal, que esta difusa arma sancionadora está en manos de un ministro poco propenso a la resignación.

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