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Gurugú y el agua

Melilla siempre ha mirado a ese monte, lo hizo en el 9 con su Barranco y las acciones de los generales Marina y Pintos, y lo seguimos haciendo, ya en tiempos de paz, como el mejor pronóstico del tiempo para saber si, por culpa del maldito Levante, estamos incomunicados. El Gurugú se pone su chilaba y adiós los deseos de volar.

Suena a leyenda, volcán, excursiones, a pantalla de nubes, a izado de Bandera, a castillo, a vigía, a túneles, al Telegrama del Rif o a inmigrantes que anhelan a Melilla. Jacinto López Gorgé decía de él que es un gigante adormecido que palpita sobre el Rif. Y siempre los melillenses hemos soñado con que fuese parte de nuestra soberanía como lugar de expansión y de defensa. Hay otro Gurugú, al sur de Alcalá de Henares, pero éste es otra cosa. Aparece en la Meseta como un trapecio y es en realidad un cerro en el que hacían prácticas las unidades de caballería que acuarteladas en esa Ciudad participaron en operaciones militares en esta tierra. De ahí su nombre. En esta semana hemos vuelto a mirar al Gurugú por el incendio que ha arrasado ochenta hectáreas. Los hidroaviones marroquíes lo han sobrevolado arrojando más de cinco mil litros en cada pasada. Y en nuestra Ciudad hemos sufrido media docena de incendios de rastrojos en la tarde del viernes. La rápida y siempre eficaz labor del Parque de Bomberos auxiliados por la Policía Local ha logrado su extinción. En estos percances o como el del Gurugú o en cualquier otro hace falta esclarecer sus causas, el daño a un monte, lo heredan varias generaciones y priva de un medio ambiente que tan necesitados estamos todos de protegerlo. Aquí no cabe hablar de ánimo especulador de un suelo en el que no hay previsto edificar, pero en tantos lugares la mano asesina del hombre hacia la naturaleza esconde sucias intenciones con dinero por medio. Y en Melilla estos días, también, se ha hablado de los cortes de agua como consecuencia de la avería de la planta desaladora. Los horarios que han acarreado la reducción del suministro durante dieciséis horas diarias han preocupado a una población de casi noventa mil personas y más en una temporada como la estival, donde el consumo de agua aumenta. El restablecimiento de la normalidad tras la llegada del trasformador primario desde Barcelona ha supuesto un alivio pero a la vez un aviso sobre si consumimos en exceso y lo imprescindible que es algo que cuando nos falta le damos todo su valor. En pleno siglo XXI y aquí sí que hay que invertir no podemos estar al azar de futuros cortes por averías. Es cierto que las administraciones gastan demasiado en tantas cosas superfluas pero hacia un bien de primera necesidad deben de ir dirigidos fondos para que no volvamos a padecer una situación que ha inquietado a la población. Y como decía Pío Gomez Nisa, sin la montaña en la espalda, Melilla parecería Sevilla sin la Giralda.

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