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Gobierno de coalición

El comunismo es una gris actividad de burocracias, leo en una de las mejores biografías de Stalin, la de Adam B. Ulam, publicada en 1973. España, en manos de Pedro Sánchez, un comunista que milita en el PSOE, ya está en el camino de ser “una gris actividad de burocracias” y, si por desgracia Sánchez consiguiera gobernar tras el 28 de este mes, España, además de romperse en pedazos, seguiría el camino comunista y desastroso de Venezuela. El comunismo es una gris actividad de burocracias, leo en una de las mejores biografías de Stalin, la de Adam B. Ulam, publicada en 1973. España, en manos de Pedro Sánchez, un comunista que milita en el PSOE, ya está en el camino de ser “una gris actividad de burocracias” y, si por desgracia Sánchez consiguiera gobernar tras el 28 de este mes, España, además de romperse en pedazos, seguiría el camino comunista y desastroso de Venezuela.

Lo que Pedro Sánchez acaba de hacer con su decreto para aumentar en más de 33.000 plazas el ya enorme número de empleados públicos en España, ¡a menos de un mes de las elecciones generales!, es, además de una tomadura de pelo a los españoles y un dispendio incumplible, un paso más en ese camino hacia el comunismo separatista y antiespañol, hacia la conversión de nuestro país en esa gris actividad burocrática, dependiente de lo público, dependiente de la cúspide política, del culto al Partido, a la personalidad. Es lo que hizo Stalin, él era el Partido en Rusia, como Sánchez pretende serlo ahora en España.

Un recordatorio de nuestro periódico el pasado domingo, en su habitual sección de “Hace 20 y 25 años”: “El Fiscal del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía estimó el recurso contencioso administrativo presentado por la editora de este periódico contra la Ciudad Autónoma, como consecuencia del boicot publicitario impuesto contra el diario por el Gobierno de Enrique Palacios”.

Recordar de vez en cuando el pasado ayuda a entender el presente y a predecir el futuro. Recordar, por ejemplo, que en el Pleno de la CAM celebrado un año después, el 1/3/1998, Palacios, tránsfuga del PP, fue elegido presidente del Gobierno de coalición local, formado por el PSOE, Coalición por Melilla, la Unión del Pueblo Melillense y 2 diputados del Grupo Mixto, y que Juan José Imbroda, diputado del Grupo nacionalista UPM, declaró entonces que el nuevo Gobierno de coalición presidido por Enrique Palacios (desaparecido desde hace muchos años de la política) “es una experiencia enriquecedora para la democracia donde primará el interés común”.

No primó mucho tal interés común, como la historia demuestra, pero sí evidenció que en Melilla es posible un Gobierno de coalición en el que esté Coalición por Melilla, ahora, como entonces, presidida por Mustafa Aberchán, quien después llegó a ser presidente del Gobierno de la Ciudad Autónoma, con Juan José Imbroda formando parte de su Gobierno. Otra cosa es que sea eficaz o no tal Gobierno de coalición, que no lo fue entonces, pero eso, dependiendo de quienes se pudieran coaligar en el futuro, estaría por ver.

Lo que sí está visto es que políticamente así, como estamos, no se puede seguir y que continuar dándole vueltas y revueltas a los mismos nombres en diferentes cargos no es, no puede ser la solución. Intentar solucionar la catástrofe política es un problema que afecta a todos los melillenses y, por lo tanto, es responsabilidad de todos los que tengan más medios y capacidades dar un paso al frente, entender que la política, queramos o no, nos afecta a todos, que los partidos políticos son un medio de participación no un fin en sí mismos, que la insoportable burocracia que padecemos es un desastre que aborta cualquier tipo de iniciativa, que los subsidios son una esclavitud disfrazada y los planes de empleo -tal y como están materializados- una basura electoralista.

Es cierto que, como dice el filósofo francés Francis Wolf, “ya nadie lucha por un ideal, sino en contra de males aislados”. También lo es que, tras la caída de las religiones tradicionales, “el sueño político ya no existe”, pero siempre debemos buscar una utopía que triunfe, que no sea ni el posthumanismo ni el animalismo. Wolf defiende “el cosmopolitismo político, una federación de estados multiétnica y sin fronteras, con igualdad de derechos y obligaciones” y pone como ejemplo la ya existente Unión Europea, inconcebible tras la II Guerra Mundial, y como suposiciones posibles una federación de países africanos o iberoamericanos, pasos todos que podrían terminar en una confederación de federaciones. Si eso es una posibilidad a nivel mundial, que lo es, ¿no sería posible iniciar en Melilla algo parecido?
Una última consideración de cara a las vitales elecciones locales del 26 de mayo. Los partidos son entes ficticios, son sólo, y nada menos que, las personas que los forman. Las listas electorales, formadas por personas, representan, más menos, la voluntad formal de los partidos y los ciudadanos, creo yo y especialmente en las elecciones locales, deberíamos votar a las personas, antes que a los partidos. ¿Qué partido ganará, o sea, gobernará (aunque alguno no entienda la diferencia) en Melilla? Aquel que presente la mejor lista de personas, y el que fracasará será el que haga lo contrario y el que, con la excusa del cambio -que llevo lustros diciendo que es necesario- pretenda sustituir lo malo por lo absolutamente peor que, además, proviene de lo peor de lo malo conocido. Un ejemplo, si Vox presenta de cabeza de lista a Jesús Delgado, que está ahí porque yo lo propuse y pido disculpas públicas por ello, para Vox sería un desastre y, lo que es peor, para Melilla sería un peligro público.

Posdata. Hoy se cumplen 45 días, un mes y medio, desde que Melilla despertó cubierta de pasquines en los que querían mezclar al periódico y a mí con el partido político Vox. Pasquines que tuvieron que imprimirse en una imprenta profesional, con una inversión económica importante y que fueron repartidos y colocados por numerosas personas en numerosos coches y fachadas de nuestra ciudad, cubierta de cámaras. Denuncié el hecho en los Juzgados y en la Policía Nacional y también se lo comuniqué a la Policía Local. Ha pasado ya un mes y medio y no sabemos nada sobre autores e inductores, como ocurrió cuando quemaron mi coche en la puerta de mi casa. No se nos puede olvidar, ni se nos va a olvidar esto y una vez más exclamamos: ¡ya está bien! Reclamamos especialmente a la Policía Nacional que actúe y que esta vez encuentre e identifique a los culpables.

Enrique Bohórquez López-Dóriga

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