La nueva alcaldesa de Barcelona, la señora Ada Colau, ciudadana que debe venir de Marte -planeta sin habitantes y, por lo tanto, sin turistas- ha emprendido una cruzada contra el exceso de guiris que copan las calles de la capital catalana. Se ha concedido un año para "arreglar" el problema. De momento ha congelado todas las licencias de proyectos para construir nuevos hoteles. Alrededor de treinta estaban ya en el telar, pendientes del visto bueno del Ayuntamiento que ahora preside y gobierna con el inestimable auxilio de algunos colaboradores que no desentonarían en un festival de "frikis". Ante semejante medida, los dirigentes de Convergencia, el partido de la burguesía desalojado del Ayuntamiento, se llevan las manos a la cabeza. La medida les parece un desatino que empobrecerá a la ciudad. Tienen razón, pero su discurso cae en vacío porque ellos (con Artur Mas a la cabeza, seguido de Xavier Trías) llevan años gastando en la quimera nacionalista lo que no está escrito, detrayendo recursos que faltan en Sanidad, en el fomento del empleo o en la mejora los servicios públicos de transporte. Se han desentendido de los problemas reales de la gente abriendo la puerta a los descamisados y ahora se quejan. Pues me temo que van a tener para rato porque la demagogia no ha hecho más que empezar. Algún día la señora Colau puede que explique el por qué la emprende contra quienes viven del turismo a sabiendas de que es la principal fuente de ingresos de la ciudad. Lo preocupante del caso es que no está sola en esta extraña fobia. En tan rara pulsión la acompaña su vecina balear a Francina Armengol, otra de las figuras políticas encumbradas por el nuevo poder surgido de las elecciones del 24 de Mayo. Armengol es la Presidenta del "Consell" Balear. Ya al timón, una de sus primeras medidas ha sido anunciar que repondrá la llamada "ecotasa", el impuesto que llegó a cobrarse a los turistas y que había sido suprimido durante la gobernación del PP. Si para Barcelona la llegada de cruceristas y demás turistas en tránsito constituyen una floreciente fuente de ingresos, para Baleares el turismo es su principal industria. Penalizar con un impuesto a los millones de viajeros (sobre todo ingleses y alemanes) que visitan las islas carece de lógica, es contraproducente y hará que más de un turista opte por veranear en Italia. El discurso ecologista no debería amparar tanta estulticia. Ni tanta demagogia. Me temo que en ése registro nos aguardan tardes de gloria.
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