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¿Está Occidente en clara decadencia?

La Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, sobre la que escribimos el pasado domingo, presenta una Europa en franca decadencia. Algunos analistas, de diferentes lados del espectro político, también sugieren que realmente se está entrando en ese proceso.

Occidente atraviesa una crisis que no puede explicarse simplemente como una perturbación coyuntural. Las instituciones muestran signos de fatiga, la polarización se intensifica, el crecimiento económico se desacelera y la cohesión cultural se fragmenta. Basta mirar las encuestas, las calles, los parlamentos o los propios hogares: el malestar ya no es anecdótico. No creemos que afirmar esto sea caer en un discurso apocalíptico, sino aceptar un reflejo de la realidad que coincide con las advertencias que los grandes teóricos del ciclo civilizatorio —de Ratzel y Kjellén a Spengler, Tainter, Toynbee y Turchin— formulan desde hace décadas. Lo que para algunos observadores pudiera tratarse de un mal momento cíclico, para ellos era el síntoma inequívoco de un agotamiento profundo. Si el Estado es un organismo vivo, como defendían los padres de la geopolítica, hoy ese organismo parece entrar en una fase crítica de desgaste interno.

 

El Estado como organismo vivo: Ratzel y Kjellén inician el concepto

Mucho antes de que Spengler escribiera “La decadencia de Occidente”, Ratzel y Kjellén habían afirmado que el Estado funciona como un ser vivo. Tiene metabolismo económico, sistema nervioso institucional, tejido social y un cuerpo físico representado por el territorio. Esa visión —que serviría de cimiento para el desarrollo de la propia ciencia geopolítica— recordaba que ningún organismo está exento de ciclos. Puede expandirse o atrofiarse, fortalecerse o enfermar. El Occidente contemporáneo parece ajustarse cada vez más a la descripción de un organismo que ha pasado de una sólida madurez al inicio de una obvia decrepitud. Se manifiesta como un adulto que aún camina erguido, pero respira con dificultad.

 

Spengler: sociedades que se enfrían aun cuando prosperan

Oswald Spengler no percibía la decadencia como una catástrofe, sino como un enfriamiento. A su juicio, una civilización entra en declive cuando conserva su poder técnico, pero pierde su impulso espiritual. Lo que predomina entonces es una hipertrofia administrativa: reglas, procedimientos, burocracias, estructuras cada vez más complejas que sustituyen la vitalidad cultural por mera gestión. El mundo occidental actual —racionalizado hasta la saturación, hiperregulado, agotado en su creatividad profunda— encarna con precisión ese diagnóstico. Para Spengler, el final no llega como un derrumbe, sino como una larga sobre maduración donde el sistema se conserva, pero ya no crea.

 

Tainter: la complejidad como carga que termina destruyendo al sistema

Joseph Tainter aportó una explicación casi mecánica al final de las civilizaciones. En su obra “The Collapse of Complex Societies”, sostiene que los sistemas sociales aumentan su complejidad para resolver problemas, pero llega un momento en que cada incremento adicional produce rendimientos decrecientes. Sostener la estructura consume más energía de la que la estructura devuelve. Cuando eso ocurre, las sociedades se vuelven rígidas, vulnerables y económicamente insostenibles. El Occidente actual muestra síntomas inequívocos de ese exceso: una administración lenta y pesada, normativas que proliferan sin resolver, instituciones incapaces de adaptarse a la velocidad del entorno. La complejidad, en vez de un recurso, se convierte en lastre. Los ciudadanos y las empresas lo perciben cada vez que realizan un trámite que antes era sencillo y hoy parece diseñado para agotar su paciencia.

 

Toynbee: una élite que ha dejado de responder a los desafíos

Arnold Toynbee veía la clave del declive no en la economía o en la técnica, sino en la capacidad de las élites para ofrecer respuestas creativas a los grandes desafíos. Cuando estas élites se transforman en grupos defensivos, más preocupados por conservar su estatus que por renovar el proyecto colectivo, la civilización entra en una fase de descomposición moral. Esa pérdida de liderazgo no solo erosiona la legitimidad, sino que destruye el relato coherente que permite a una sociedad sostenerse en momentos de crisis. El liderazgo occidental actual, enfocado en el cortoplacismo electoral y en la lógica tecnocrática, encaja dolorosamente en el modelo de Toynbee: administra, pero no inspira. La política se ha transformado en un espectáculo de supervivencia, no de visión.

 

Turchin: la inestabilidad convertida en modelo matemático

Peter Turchin ha cuantificado lo que sus predecesores intuyeron. Según sus modelos de dinámica histórico-demográfica, las sociedades entran en fases de turbulencia cuando coinciden la sobreproducción de élites, el estancamiento del nivel de vida y una presión fiscal creciente que no se traduce en mejoras perceptibles. Estados Unidos, y con él buena parte de Occidente, atraviesa desde 2020 un periodo que confirma estas predicciones: polarización extrema, deterioro institucional, declive del bienestar real y un clima político cada vez más volátil. Para Turchin, no se trata de incertidumbre, sino de un patrón repetido a lo largo de la historia.

 

Un hilo común: el enemigo está dentro

A pesar de la diversidad de sus enfoques, estos autores convergen en su diagnóstico: las civilizaciones raramente caen por agresiones externas. Su declive surge desde dentro. Primero se debilita la capacidad de las élites para generar respuestas; luego el peso de la complejidad supera la energía disponible; más tarde la cohesión social se fractura y, finalmente, la fuerza de la colectividad se desvanece. La decadencia, en este sentido, no es un asesinato, sino un lento suicidio civilizatorio. Es la renuncia al dinamismo interno lo que precipita el descenso.

 

¿Está Occidente ya en ese ciclo? Las señales son difíciles de ignorar

Se multiplican los indicios de que Occidente ha entrado en esa fase descendente. La polarización social se ha vuelto estructural; la deuda —pública y privada— ha alcanzado niveles insólitos. Las instituciones funcionan con una lentitud que erosiona su legitimidad. La fatiga cultural impregna las sociedades. El crecimiento económico y demográfico se estanca. Además, las élites, lejos de ofrecer renovación, parecen instaladas en una lógica de preservación. En paralelo, potencias emergentes como China, India o Turquía actúan con una confianza estratégica que contrasta con la vacilación occidental. La diferencia no es solo de poder, sino de claridad.

 

¿Es reversible el declive? Solo mediante una cirugía profunda

La historia demuestra que los periodos de decadencia pueden revertirse, pero solo cuando se afrontan con reformas radicales. Es imprescindible una regeneración de élites basada en el mérito y no en la inercia o la pertenencia a un determinado partido político o una familia poderosa, una simplificación institucional que devuelva agilidad al sistema. También es importante la recuperación de una narrativa colectiva que permita reconstruir la cohesión social, una disciplina fiscal capaz de contener la deriva de la deuda y una reindustrialización estratégica que devuelva al continente su capacidad material. Se trata de supervivencia, no de nostalgia del pasado: ningún organismo puede sostenerse si consume más energía de la que genera.

 

Conclusión: el crepúsculo aún puede ser interrumpido

Para Spengler, Tainter, Toynbee y Turchin, la decadencia comienza cuando una civilización deja de creer en su futuro. No es un derrumbe súbito, sino un largo descenso que envuelve lentamente todos los ámbitos de la vida colectiva. La cuestión no es si Occidente se aproxima a ese momento —los datos sugieren que sí—, sino si será capaz de reinventarse antes de quedar atrapado en un declive irreversible. Todavía conserva recursos, talento y memoria histórica suficientes para reaccionar. Pero el tiempo para esa reacción se acorta. Las civilizaciones, como los organismos vivos, pueden regenerarse o resignarse. El dilema occidental está en decidir si quiere vivir o limitarse a administrar su agotamiento.

 

 

Gonzalo Fernández

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