La historia de la independencia de EE. UU. y el papel crucial de España en 1779.
Carta del Editor MH, 12/7/2026
Enrique Bohórquez López-Dóriga
La reciente celebración del 250° aniversario de los EEUU puso de manifiesto que la historia de ese país nunca ha sido una marcha lineal hacia el progreso, sino una sucesión de avances, rectificaciones y crisis superadas gracias a unas instituciones capaces de reformarse sin renunciar a sus principios. Esa capacidad de enmienda -más que la perfección- constituye el auténtico legado de la democracia americana. En tiempos de incertidumbre para Occidente, conviene recordarlo: la libertad nunca descansa sobre la voluntad de un hombre sino sobre la fortaleza de las instituciones que limitan su poder.
Desde el punto de vista español, hacia EEUU queda el rescoldo de rencor al país que nos arrebató la primacía mundial, como señalaba Eduardo Garrigues en una entrevista en el ABC, el sábado pasado. Le preguntaban cómo va a celebrar España el 250 aniversario de EEUU, y respondió: De momento, sin una celebración oficial, a diferencia de lo que ha ocurrido en Estados Unidos, donde hay una comisión que tiene previstas diversas actividades, entre ellas, destacar los lugares más importantes que hubo para la independencia. Sorprendentemente, de momento no he visto ninguna referencia a España. Lo que sí ha habido son varias instituciones, como la Fundación Ramón Areces, que se han ocupado del tema. Yo mismo he dirigido una jornada de dos días sobre un tema desconocido, que es el paralelismo entre los valores de la Escuela de Salamanca y los enunciados de la Declaración de Independencia. Hay un hilo conductor clarísimo. Ya existían en Salamanca, hace 500 años, los conceptos de respeto al individuo o de rebelión contra el tirano. Pero no, no hay una declaración oficial en la que se destaque la imprescindible ayuda de España a la independencia de Estados Unidos.
¿Por qué está silenciada esa historia? Hay varias explicaciones. La primera es que, en el fondo, los líderes rebeldes habían heredado en gran parte los estereotipos antiespañoles que habían estudiado en las universidades inglesas. Luego, había razones objetivas: España, de aliado imprescindible, se convirtió en un vecino incomodísimo. Una de las principales razones de pedir la independencia es que los estados de la costa atlántica querían la expansión hacia el oeste. La corona inglesa lo cortó, porque no quería que hubiera una dispersión de los colonos, que eran bastante pocos, y porque no tenían fuerza para defenderse de los indios hostiles. Esa fue una de las facetas importantes por las cuales iniciaron la guerra. Por otro lado, Francia dudó menos que España a la hora de ayudar a las colonias. En la Guerra de los Siete Años, Francia había perdido todas sus posesiones en América septentrional, mientras que España no, así que la reacción, cuando Benjamín Franklin y su equipo llegaron a París, fue inmediata. No tenían nada que perder. En cambio, cuando el conde de Aranda transmitió la petición de Franklin de hacer un tratado y declarar inmediatamente la guerra a Inglaterra, el Gobierno de Carlos III se negó al principio, por temor a la ruptura con Inglaterra. Finalmente, el Gobierno de España facilitó armas, provisiones, uniformes, mantas y financiación, pero bajo cuerda. Eso provocó que algunos líderes independentistas considerasen que la ayuda española no era tan directa y espontánea. Pero hay que insistir en un hecho: aunque España sabía que ayudando a las colonias estaba poniendo en peligro quizá su propio imperio, en cuanto se firmó el pacto borbónico y entró en la guerra, en 1779, las campañas de Gálvez, tanto en el Misisipi como en el Golfo de México, fueron esenciales. España consiguió que toda la parte del Golfo no estuviera disponible para la flota británica.
Una conclusión, del catedrático Rafael Torres, con la que coincido: “Sin la Armada Española, Estados Unidos no existiría”, y lo explica: la flota de Carlos III asfixió a la Royal Navy en todos los frentes e inició una guerra de convoyes para evitar el traslado de armas y tropas a Norteamérica.
En cualquier caso, la Declaración de Independencia, adoptada formalmente por el Segundo Congreso Continental en Filadelfia, el 4 de julio de 1776, ha servido de inspiración para más de dos siglos de cambios políticos radicales a escala global en Europa, el Caribe, Suramérica, Africa y Asia. Mucho más allá de la imaginación de sus signatarios, es uno de los documentos políticos más influyentes de la historia de la democracia y la libertad porque condensa, en sus 1.320 palabras originales, los ideales de ilustrados, librepensadores y antiabsolutistas (Pedro Rodríguez, ABC del 6/7).
La OTAN y el suicidio de Occidente
Años después, Europa asumiría una parte decisiva de la defensa convencional del continente, de la que la OTAN es un ejemplo más. Una OTAN que hoy pretende ser más equilibrada y menos dependiente de Washington, pero no emancipada (porque no puede) de EEUU. El problema es que esta opción exige una disciplina política que Europa no siempre ha demostrado. Requiere inversión sostenida, coordinación entre Estados con culturas estratégicas e intereses distintos y aceptación ciudadana de que la seguridad tiene costes, algo que el sectario Pedro Sánchez -al que el presidente norteamericano, Trump, desprecia sin disimulo alguno- no quiere comprender.
Pero la diferencia actual es que el tiempo de la ambigüedad se ha agotado. Europa ya no puede limitarse a declarar que debe hacer más. Debe demostrar que puede hacerlo. Y EEUU ya no puede limitarse a pedir a los europeos que gasten más. Debe aclarar si quiere una transición ordenada hacia una Alianza más equilibrada o si prefiere una OTAN que ya no refleje sus intereses estratégicos, con todas las consecuencias políticas que ello implicaría.
Por ejemplo, que tenía razón Huntington en su célebre “El choque de civilizaciones”, en el que ya se mostraba escéptico. Occidente, dijo, debe abandonar su vocación universalista, por ser una idea falsa, arrogante y peligrosa. Después, el alemán Oswald Spengler, ‘La decadencia de Occidente’ (The decline of the West), publicada en 1917 (tomo 1) y 1922 (tomo 2) con “Proemio” de José Ortega y Gasset, iba todavía más allá: Fata volentem ducunt, nolentem trahunt (El destino conduce al que se somete y arrastra al que se resiste), Lucio Anneo Séneca. Así termina el libro de Spengler. Y, para terminar, una española, Alicia Delibes, publicó en 2024 ‘El suicidio de Occidente’, que, utilizando lo de “la falacia de la agregación”, concepto elaborado por Scruton, “ha llevado al multiculturalismo, que ha criado una generación de jóvenes de origen inmigrante que no se sienten identificados ni con el país que los acoge ni con su lugar de origen”.
El Mundial: España-Francia, semifinal
Francia-Marruecos, cuartos de final, el pasado jueves: no hubo ni conflicto, ni competencia; el equipo francés fue muy, muy superior. Mbappé y compañía ya están en semifinales y con pinta de favoritos para ganar el mundial si no lo evita, para empezar, España, que ganó, con apuros, a Bélgica, el viernes.
Lo mejor: el resultado. Lo peor: el nivel de juego, especialmente el de Lamine Yamal. Lo insólito: que volvió a marcar Miquel Merino, recién salido, en el minuto 86. ¿Miedo a Francia? No, pero hay que mejorar mucho.
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España y su ayuda a la independencia de los Estados Unidos
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