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Opinión

Entendiendo al Estado

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Pedro Sánchez en el Falcon

El nacimiento del Estado

La idea romántica del Estado como un ente benevolente y omnisciente repetida por las teorías del interés público de mediados del siglo pasado (Boettke y López, 2002), si bien todavía presentes en algunas esferas de la sociedad actual, no se corresponde con la realidad. El Estado nunca ha sido una institución ni benevolente ni omnisciente.

En cuanto a la idea de benevolencia, es de interés recurrir a los oscuros orígenes de los Estados. Existen dos teorías que buscan explicar su nacimiento:

La teoría de la superestratificación: teoría que defiende que los Estados aparecen cuando un grupo se impone ante otro grupo y comienza a exigir tributos y gobernar en el nuevo territorio.

La teoría del encapsulamiento: teoría que defiende que siempre existió un enfrentamiento entre campesinos y ganaderos. Estos últimos vivían en las montañas, y solían asaltar y saquear a los campesinos. Con el tiempo, los ganaderos se dieron cuenta de que era preferible colocar a los campesinos a trabajar para ellos en lugar de saquearles. Esto se podía realizar en lugares determinados, en los que se pudiese ‘encapsular’ a la gente. Esos bandidos después se superestratifican y pasan a dominar a los campesinos y comienzan a cobrarles tributos (Bastos, 2015).

El Estado benevolente

Si bien su surgimiento fue criminal, esto no imposibilita que el Estado moderna, muy alejado de las prácticas absolutistas antiguas, pueda haber evolucionado hasta convertirse en un ente benevolente. Pues bien, la experiencia y la evidencia empírica muestran lo contrario.

Los Estados actúan en su propio interés, y si bien este interés propio puede variar en función de las personas que lo componen, perpetuarse en el poder es siempre el objetivo último. Incluso en el caso en el que el político candidato sea una persona únicamente interesada en el bienestar de sus gobernados, este tendrá que gobernar para llevar a cabo sus políticas. La necesidad de gobernar, y de después perpetuarse en el poder, puede llevar a los políticos a conceder privilegios a determinados grupos de presión (medios de comunicación, empleados públicos, personas dependientes del Estado, taxistas, etc.). Estos privilegios atentan contra el resto de ciudadanos y pueden suponer un freno para la innovación y el desarrollo económico.

De hecho, la innovación y los cambios estructurales que esta acarrea siempre han sido vistas por los Estados como fuentes de inestabilidad que combatir. Los Estados han luchado e impedido cualquier tipo de innovación durante siglos (Acetomoglu y Robinson, 2014). No es casualidad que la Revolución Industrial ocurriese precisamente en Inglaterra, país donde la creciente burguesía ganó poder político y pudo defender sus intereses limitando la habilidad de la monarquía para mantener el status quo. Un ejemplo reciente es la prohibición de plataformas como Uber en algunos países, en favor de un grupo de presión como el taxista. El Estado impide que miles de ciudadanos puedan pasar a ganarse la vida o complementar su renta prestando servicios de transporte a aquellos que lo demanden. Se beneficia a los taxistas en perjuicio de los demás ciudadanos.

El Estado omnisciente

La idea del Estado omnisciente es tan errónea como peligrosa. Pensar que el Estado lo sabe todo puede llevar a la conclusión de que los procesos productivos deben estar controlados por este. Puede, a su vez, llevarnos a pensar que en el Estado encontraremos la solución a todos nuestros problemas. Pensar que el Estado es una institución omnisciente implica suponer que los individuos que lo conforman disponen de un conocimiento inalcanzable para el común de los mortales. Implica dotar al Estado de unos atributos divinos, lo que no deja de ser una idea propia de unas épocas muy lejanas en las que religión y política iban de la mano. Supone, en definitiva, volver a una narrativa acientífica y propia de otros tiempos en los que el analfabetismo afectaba a cerca del 100% de la población.

De hecho, la caída del muro de Berlín simboliza el fracaso del socialismo, y su inhabilidad para dar mejor uso de los recursos de un país que las decisiones descentralizadas de los individuos que lo conforman. Esto implica, por supuesto, que el Estado no solo no es un ente omnisciente, sino más bien un ente que cuenta con una información muy limitada y que, por tanto, debería delegar la toma de decisiones en los individuos que están “al pie del cañón”.

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