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Carta del Editor

El terrorismo suicida y su origen

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Mezquitas en Cataluña

Leo a Fernando Lázaro Carreter en su libro “El dardo en la palabra”: “No te escucho bien”. La confusión es antigua, pero ya constituye plaga, sobre todo en Melilla, donde la confusión es total. “Habla más fuerte, que no te escucho”, es una frase frecuente en nuestra ciudad, una frase vacía al mismo tiempo, como nuestra economía local, más o menos.
Lázaro Carreter hace comentarios en su libro sobre casi todo lo humano, con el idioma español como fondo e inmensa riqueza de los españoles, que deberíamos cuidar más nuestro idioma. Tiene el académico, además, mucho ingenio. Una de sus frases, “el primero en comparar a una mujer con una flor fue un poeta, el segundo un cursi y el tercero un Imbécil”. Discutible, pero ingenioso.
También deberíamos prestar más atención, más escuchar que oír, al terrorismo suicida y su origen, con especial atención a algunas mezquitas catalanas de demostrada influencia salafista. Es lo que hace, en su sección “Los intelectuales y España”, el sociólogo Fernando Reinares, entrevistado por el diario El Mundo, y publicado en el ejemplar del periódico del pasado 4 de septiembre: “Para la inmensa mayoría de los salafistas, las sociedades europeas y la democracia son pecado”, resume, y deduce que no es tanto la no integración social como las normas adquiridas voluntaria y colectivamente las que conducen al terrorismo suicida. Concretamente la frase de Reinares es “La anomia social conduce al suicidio, pero las normas del martirio, adquiridas voluntariamente y a menudo en compañía de otros, conducen al terrorismo suicida”.
Su idea nos retrotrae a lo que decía -porque jamás escribió Epícteto sobre la libertad, que no es un estatus jurídico o legal, sino la actitud mental de las personas que no se dejan llevar por el desánimo o la frustración porque sus deseos y decisiones proceden de sí mismos
Los españoles, y muy especialmente nosotros, los melillenses, tenemos muy cerca el peligro. Copio lo que declaró Fernando Reinares: “Marruecos se ha convertido en blanco del terrorismo global. Es uno de los países del mundo árabe desde donde más combatientes terroristas extranjeros partieron para unirse a organizaciones yihadistas en Siria desde 2012. Por tanto, no sorprende que desde Marruecos se proyecte yihadismo hacia países europeos receptores de diáspora marroquí. En mi libro 11-M, La venganza de Al Qaeda, explico, de cualquier modo, por qué resulta extraño que Marruecos no proporcionase o no pudiese proporcionar a las autoridades españolas información que hubiese contribuido a evitar la matanza en los trenes de Cercanías de Madrid o tras los atentados de las Ramblas barcelonesas”.
No intento ser, porque no lo soy, un experto en el conocimiento del Islam, pero creo que los salafistas se caracterizan por tener una interpretación ortodoxa del islam, que consideran la única legítima. Sus enemigos máximos son los wahabistas, que aceptan tener un rey, intermediario entre Alá y ellos, mientras que los salafistas solo admiten como intermediario a un califa, esto es, un sucesor del profeta Mahoma, que es como se identifican muchos de los dirigentes de países islámicos.
Países en los que los salafistas tienen peso: Arabia Saudita, Yemen, Argelia, Egipto. Países con influencia wahabita, la corriente más severa del islam: Arabia Saudita (también y predominante, con un rey dominante), Qatar, Afganistán, Sudán Nigeria, Indonesia.
En Marruecos predomina, y preocupa al gobierno, el salafismo, que tiene en España su mayor influencia en Cataluña. Para los salafistas, como antes resaltaba, las sociedades europeas y la democracia son pecado, y deberíamos tenerlo muy en cuenta.
La diferencia entre lo oficial y lo real es notoria en Marruecos, como en casi todos los países, y la prensa tiene, también, una libertad limitada. Los intereses se entrecruzan y los salafistas pueden ser a veces un problema, otras veces una ventaja negociadora, una fuente de ingresos extra. En todo caso y en lo que a España respecta, lo evidente es que los salafistas existir, existen, como las meigas gallegas, extraordinaria tierra desde la que, en estos momentos, escribo estas líneas.

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