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El síntoma

La presidencia del impresentable Donald Trump sólo podía acabar de manera impresentable. Las escenas del asalto al Capitolio por unas hordas azuzadas por el propio presidente brillarán con destello en los rincones más oscuros de la historia de una de las primeras democracias del planeta. Tras negar la victoria de su contrincante en noviembre, denunciar un fraude electoral que le habría arrebatado una victoria que sólo se produjo en sus sueños y promover decenas de procedimientos ante los tribunales que, uno tras otro, han sido tumbados por los tribunales, el aún presidente Trump intentó forzar al secretario de Estado de Georgia para que le encontrase los votos necesarios con los que lograr una victoria que nunca se produjo en las urnas.

Trump ha saltado todas las líneas rojas que delimitan una democracia homologable. Ha despreciado a sus rivales políticos, ha convertido la Casa Blanca en una factoría de mentiras, ha insultado a los periodistas y medios de comunicación que las desnudaban, ha dinamitado el multilateralismo y ha potenciado un rancio nacionalismo que ni siquiera reconoce por igual a todos sus nacionales. Nunca un sistema tuvo a su frente a un antisistema tan eficaz.

El optimista podría defender que una presidencia tan nefasta ha puesto a prueba de tal manera la capacidad de resistencia de la democracia que ha acabado fortaleciéndola. Y es verdad, porque pese a todos sus intentos, Trump ha perdido la presidencia y ha hecho que su partido no obtuviera mayorías ni en la Cámara de Representantes ni en el Senado que pudieran servir de contrapeso al presidente Biden. Pero el pesimista también podría argüir que el problemático Trump no es el problema sino el síntoma de un problema. El de una democracia tan desgastada que fue capaz de permitir que ocupase la primera magistratura quien encarna descaradamente todos los males que otros aparentes demócratas disimulan: la mentira y la manipulación, la corrupción y el nepotismo, el deprecio a la ley y al adversario.

A pesar de lo sucedido ayer en Washington, Biden es ya presidente electo de Estados Unidos con todas las bendiciones previstas por la ley. Pero Trump seguirá aún en la Casa Blanca con sus plenos poderes durante trece días, un corto periodo que se nos antoja larguísimo. Y después de lo sucedido, está sobre la mesa la posibilidad de poner en marcha el procedimiento de inhabilitación que contempla la XXV Enmienda, para que este imprevisible individuo no agote su presidencia siendo presidente. Sería lo deseable, aunque quizás sea lo que también desee el propio Trump: acabar su mandato como un mártir para preparar un retorno futuro o para dejar un camino despejado para alguno de sus herederos.

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