La violencia del hombre frente a las otras criaturas, le viene de vuelta recayendo sobre él en forma de golpes del destino, terrorismo, guerras, catástrofes, plagas, enfermedades y pestes. Mientras no reconozcamos los trasfondos de este mal amenazante y sólo hablemos de los sucesos casuales, no se nos podrá ayudar.
Por eso deberíamos echar una mirada al último libro de la Biblia, El apocalipsis de san Juan, donde se lee que esta civilización finaliza apocalípticamente.
No se trata meramente de unos pequeños cambios como talar menos bosques, usar moderadamente las energías, una agricultura ecológica y reducir las torturas hacia los animales. ¡No!, se trata de una transformación fundamental de nuestra postura hacia la naturaleza y los animales, es decir despedirnos de todo tipo de tradición desesperante procedente de las enseñanzas eclesiásticas y filosóficas, que descomponen la unidad de la vida y que han separado todo lo que corresponde a la unidad, pues no existe la vida inanimada: el espíritu no existe solamente en las células cerebrales humanas, puesto que también las plantas sienten y los animales sienten alegría y dolor.
Existe una unidad entre todo lo que vive, incluso una unidad entre todo lo que existe. Y no se trata de una ilusión, sino que es ya un componente de la física cuántica, la que hace tiempo superó la visión del mundo materialista. Max Planck intuyó que detrás de toda la materia hay una forma de energía de un espíritu consciente e inteligente que actúa como sustento de todo lo que existe.
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El ser humano necesita una transformación radical
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