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El poder de la calle

¡Vivir para ver! A los socios de Podemos en el Gobierno Sánchez no les gustan las protestas en la calle. Quienes con su jefe a la cabeza, el hoy vicepresidente Pablo Iglesias, han organizado decenas de manifestaciones políticas –no hace tanto que llegaron a rodear el Congreso al grito de "No nos representan"– y defienden los escraches que según el mencionado Iglesias son "jarabe democrático", se duelen ahora de que en Madrid grupos de vecinos monten caceroladas y salgan a la calle para pedir la dimisión del Gobierno. En las imágenes que hemos visto de esas manifestaciones muchos de los participantes incumplían las restricciones de distanciamiento impuestas por el confinamiento y lo hacían en presencia de la Policía. Largo confinamiento: más de dos meses ya en el caso de Madrid, centro de esas protestas.

Que las protestas se hayan hecho más sonoras en el barrio madrileño de Salamanca –distrito en el que por cierto vive Pablo Echenique– ha empujado a éste diputado que es el portavoz de Podemos en el Congreso a ceñir sus críticas a la vieja fórmula demagógica de barrio rico / barrio pobre. Según él, los madrileños que salen a protestar en la calle Núñez de Balboa sería "ricos que golpean las señales de tráfico con palos de golf y cucharas de plata". La verdad es que como análisis sociológico semejante conclusión no tiene precio. Más allá del perfil sociológico de quienes se manifiestan y protestan contra la errática gestión de la crisis sanitaria y económica generada por la epidemia lo que de verdad irrita –y en el fondo preocupa– a los socios de Pedro Sánchez en el Gobierno –conocedores del poder de la calle cuando se agita–, es que las manifestaciones puedan extenderse a otras ciudades. Por decirlo así, otean el temblor de vísperas de protestas incluso generalizadas en toda España cuando desaparezcan las medidas restrictivas impuestas por el confinamiento. Es evidente que quienes se manifiestan ahora en la calle incumplen las medidas de distanciamiento impuestas por la larga cuarentena que soportamos. Pero el estado de alarma no es el estado de excepción aunque algunas de las actuaciones del Ejecutivo se diría que proceden de esa confusión interesada. Confusión que viene siendo denunciada por algunos expertos en derecho constitucional. En definitiva en el Gobierno barruntan –y temen– que cuando decaigan las restricciones que apareja el confinamiento la gente, ya sin miedo, pudiera pasar factura en la calle por la mala gestión de la pandemia.

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