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El matrimonio pierde relevancia

Para no ceder a las alarmas desde púlpitos y reaccionarios que insisten en la consigna de que “todo pasado fue mejor”, conviene someter cuestiones sociales tan importantes y complejas a estudios con rigor. En España, el número de matrimonios ha caído un 56% desde 1965, una cifra que está por encima de la media de la Unión Europea (50%),…

… según el último informe demográfico de la oficina europea de estadística Eurostat. Cada vez menos parejas sellan su compromiso ante un juez o en un altar y aumenta el número de separaciones.

Pero esto no ocurre sólo en España o en Europa. El índice de matrimonios en Estados Unidos alcanzó su nivel más bajo el año pasado, según el US Fertility Forecast. A conclusiones similares llegó el Pew Research Center: una cuarta parte de la llamada generación Millenial en el país norteamericano rechaza de lleno el matrimonio.

Las estadísticas de Naciones Unidas y otros estudios que analiza el sociólogo Philip N. Cohen, de la Universidad de Maryland, confirman que esta tendencia se repite en Rusia, en Pakistán, en México, Brasil, Venezuela, Argentina, Colombia, Chile, Turquía, Marruecos, Ecuador, Grecia, Canadá, Costa Rica, Panamá, Japón, Italia, Alemania y Francia. “Una tendencia mundial pero no universal”, advierte el sociólogo.

Aunque el descenso en las tasas de matrimonio se produce con mayor fuerza en los países ricos, también se repite el fenómeno en países empobrecidos y se trata ya de un fenómeno global que también trasciende cuestiones religiosas y culturales.

Cohen señala las nuevas formas de convivencia como uno de los principales factores por los que muchas parejas en los países ricos toman la decisión de no formalizar su compromiso de forma tradicional. Esto ocurre en España, donde las parejas que deciden tener hijos sin casarse o incluso sin constituirse legalmente como “pareja de hecho” contraen las mismas obligaciones y tienen reconocidos los mismos derechos que las parejas de hecho o las casadas.

También influye el nivel educativo de la mujer. Salvo en el caso de Estados Unidos y de Jamaica, mayor nivel educativo significa menor tasa de matrimonios. Las mujeres posponen la decisión de casarse o encuentran irrelevante esta opción para sus aspiraciones personales y profesionales. Esto se produce en un mundo cada vez más competitivo, con mayor precariedad laboral y con unos lazos tradicionales que se debilitan y que superan el concepto de grande famille que animaba a un cuidado más comunitario de los hijos.

A veces el coste económico de tener hijos supera los sueldos de las parejas jóvenes, que viven una creciente precariedad en países ricos y no tan ricos. A esto se suman una insuficiencia en los derechos de la maternidad y de la paternidad. Cuatro meses de permiso para la mujer y dos semanas para el hombre, como ocurre en España, obligan a la pareja a recurrir a la familia y en muchas ocasiones, a guarderías que suponen un gasto elevado. Dos sueldos muchas veces no garantizan el pago de esa guardería, junto con gastos de alimentación, ropa, cuidados médicos y muchos otros que se derivan de la estrenada materno-paternidad.

Tener hijos cuesta mucho dinero. Y separarse una vez que se tienen cuesta aún más. En entornos de crisis, muchas parejas se mantienen juntas porque, al hacer números, se dan cuenta de que no podrá afrontar los gastos de un nuevo hogar quien pierda la custodia junto con la pensión que le impondrá el juez del divorcio. Estas dificultades disuaden a muchas personas que desean mantener su independencia, su libertad, y que buscan un estilo de vida que rompa con tradiciones en las que han dejado de creer.

A los menores de padres separados no se les rechaza ni se les trata con la condescendencia de hace unos años. No sólo aumentan los divorcios y las separaciones de parejas con hijos, lo que confiere cierta naturalidad a la forma en que se vive esta circunstancia en sociedad, sino que han cambiado los raseros morales y sociales. Importa cada vez menos el “qué dirán” mientras muchas personas prefieren que sus hijos crezcan con padres separados que en un entorno de tensión y de violencia contenida, de faltas de respeto, de maltrato, de “familia perfecta” fingida.

Para no ceder a las alarmas desde púlpitos y reaccionarios que insisten en que “todo pasado fue mejor”, conviene someter cuestiones sociales tan importantes y complejas a estudios con rigor, como el que nos ofrecen Cohen y muchos otros expertos.

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