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El “Don” con y sin “Din”

Hace años, cuando vine destinado a Málaga, solía escuchar que a las personas de edad avanzada, o con posibles, igual que las que tenían un humilde cargo, como el del encorbatado detrás de una mesa de un banco, o la del bedel con galones en las bocamangas de algún ministerio, se les debía tratar de “don”, y siempre el “usted” como entremés. Claro que si alguien sin relevancia, que presumía de algún titulo o distinción, y que estaba más tieso que una mojama, es que era un “don nadie”, aplicándosele aquello del “Don sin din, cojones en latín”; frase que se suele usar para favorecer la rima, pero con la malévola intención de dejar claro lo importante que es el jurdó. También viene bien el “Don sin din, campana sin badajo”. A las féminas de nuestro entorno se les trataba con el cariñoso y respetuoso “señora” si era casada, o cargada de años, o “señorita” si era joven y soltera, o solterona también cargada de años que, según decían, no había catado varón; ambos tratamientos siempre gustaban a las damas. Y para los varones era el “señor Fulano” casado, o el solterón, aunque éste fuese seguidor de Onán. A los maestros de escuela, llamados “Las Luces de la República”, se les daba el tratamiento de “don”, que Franco, por la poca gracia que tuvo Dios al nombrarlo Generalísimo, casi acabó con ellos.

Cuando yo, al intentar hacer una entrega postal en un lugar habitual, con un poco de retranca, acompañándolo con el primer apellido, preguntaba por el “señor Zutano”, siempre estaba el meapilas que vestía traje oscuro y camisa añil, con bigote y patillas de notario de zarzuela, que me decía: “Oiga cartero: que ese señor tiene el ‘don’, como tratamiento”. Solo le faltó decir la famosa frase tan en boga: “Que no sabe usted con quién está hablando, ¡eh!”. Entonces yo le respondí, que algunas personas, efectivamente, tienen como entremés el “don”, porque se lo han ganado por sus ilustres méritos académicos, o heredados títulos de sus mayores, aunque claro que también muchos de ellos, como sabroso postre final tenían el de “remendón, pendón, cabrón, mamón, gilipollón”, etc. Y alguna que otra dama, como banderín de “enganche” poseían la de “putón”, que muy bien podía ser el “verbenero”; todo lo contrario al de “doña Melindres”, mujer gazmoña, de misa de 12 dominical.

El “don” como saben, es el tratamiento de respeto que antiguamente, estaba reservado para determinadas personas de elevado rango social; y las que decía que había que tratarlas así, solo querían ostentar grandeza, siendo realmente unos tiesos, sin un puto duro en el bolsillo, y con los genes idiomáticos deficientes. Algunos de estos, en pleno estío, suelen vestir como muñequitos de tarta de boda, y otros con camisa y pantalones ajados, oliendo a bodega de mostrador de madera con lejía y serrín en el suelo; o el que tiene el aspecto de un ascético fraile abstinente, que se escapa de un cuadro de Zurbarán para colarse, a escondidas, en una casa de putas; porque haberlos, los hubo, y dicen que aún háylos.

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El “Don” con y sin “Din”

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