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El dislate de la política y el desencanto de los ciudadanos

Estamos viendo lo fácil que resulta la creación de nuevos partidos políticos y observamos con gran perplejidad y enorme desencanto la proliferación de los mismos por todo el territorio nacional. Ahora cualquiera puede crear un partido político y convertirse en su líder; con un poco de suerte, mucha labia, desacreditando a otros y a base de mentiras, llegará a ser la persona que nos gobierne.
Pero un panorama político tan heterogéneo no es bueno para la política del país, porque con tantos partidos políticos nunca podremos llega a entendernos. Es imposible una unidad, un consenso entre partidos tan dispares. Los españoles siempre hemos sido de derechas o de izquierdas o como mucho, de centro, pero nunca hemos tenido tanta heterogeneidad política, porque nuestra idiosincrasia es bicolor, como lo es nuestro carácter y nuestro temperamento.

Los partidos políticos que se han venido creando a través de un tiempo a esta parte, han sido creados por intereses particulares, no por amor a España y menos por altruismo político. Ya decía en otro artículo que la política nunca puede servir de trampolín para medrar, sino un medio para ayudar a solventar los problemas de un pueblo.

En nuestros días, estamos viendo cómo proliferan los nacionalismos y cómo se está adueñando de la política el fanatismo radical, dos aspectos muy próximos el uno del otro, que pretenden cosechar adeptos para engrosas sus filas, vendiendo un ideario falso e incongruente, que causa admiración en aquellos que no tienen una idea política definida o que se han visto desilusionados por sus líderes políticos de siempre y ven la salvación en esta pléyade de farsantes que venden el oro y el moro con promesas que nuca van a cumplir. Sí, la desilusión o la disconformidad de muchos de estos ciudadanos ha sido la causa de la proliferación de todos estos partidos de signo radical, abanderados del fanatismo, que carecen de un ideario político racional, son fantasiosos y están muy lejos de llamarse democráticos.

Y en esta tesitura nos encontramos los españoles que vemos un porvenir político poco claro, muy desunido, aburrido y pobre en esencia, en el que proliferan variopintas gamas de colores, ideas y banderas, cuyos líderes se dedican a cruzarse acusaciones, a mentir y a desprestigiarse, en lugar de ejercer sus funciones con absoluta dedicación y entrega al pueblo, como si eso tuviera algo que ver con la verdadera política.

En los tiempos que corren, la mayoría de las personas que ejercen la profesión de políticos no lo hacen por amor a la política, sino por intereses particulares, por alcanzar la fama que tanto ansían o por quitarse de encima el polvo del aburrimiento de un trabajo que no les gusta, cuyos sueldos les impide llevar una vida más regalada. Hoy, la política es la tabla de salvación para estos falsos políticos, porque abre muchas puertas que antes les estaban cerradas.

Sí, esta pléyade de políticos modernos, tan ególatras como mediocres y tan egoístas con su pueblo como insolidarios, carentes de miras sociales, que se preocupan solo por ver quién es el que mejor puede poner en práctica sus paranoicas formas de gobernar y creen que sus ideas son las únicas y las más acertadas, no son los líderes que habíamos imaginado. Son un espejismo, que se desvanece tan pronto como se les pide que resuelvan los problemas, porque son incapaces de resolverlos, dada la escasa preparación política que tienen, el escaso talante para gobernar y la caprichosa ideología virtual que les guía. Sí, estos líderes que nos gobiernan no son verdaderos políticos; solo son encantadores de quimeras sin ideas claras, en busca de seguidores que les permitan continuar en sus puestos. Hoy es muy difícil creer en los políticos, porque venden una falsa política: la del desencanto y el dislate.

Y lo mismo está ocurriendo con la proliferación de las ONGs; muchas de ellas son lucrativas y están engrosando los bolsillos de cuatro mangantes que se benefician con fondos estatales o públicos, haciendo creer al pueblo que realizan una labor social encomiable. Habría que tratar esta cuestión de un modo más racional y menos visceral, impedir su proliferación y hacer un estudio de las que son verdaderas ONGs, eliminando aquellas que, de manera manifiesta, son auténticas mafias de golfos y desalmados, granujas enmascarados en sociedades humanitarias que pretenden pasar por auténticos filántropos.

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