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El día que volvamos a ser lo que nunca fuimos

Cuando el día de la desescalada (en fin, digámoslo con el palabro horrendo) casi definitiva llegue, tengo muy bien planificado lo que voy a hacer. Cuando hayamos llegado a la 'nueva normalidad' (contradictio in terminis, porque normalidad es rutina, más de lo anterior, nunca algo nuevo) sabré también lo que nunca jamás posiblemente volveré a hacer. El día en el que volvamos a ser lo que nunca fuimos saldré alborozado de la Comunidad especialmente confinada en la que vivo y disfrutaré, tarde, de la primavera que nos ha sido arrebatada.
Ese día, posiblemente sabré si habrá verano y playa, si podré viajar a París a conocer -con mascarilla, seguro– a mi nuevo nieto, asistir a la boda del hijo de uno de mis grandes amigos. Intuiré si me quedan ganas de meterme en un cine, de ir a un restaurante donde un metacrilato me separe de ti, de entrar en un bar en cuya barra ya no pueda acodarme a tomar una caña con los amigotes ni compartir con ellos unas patatas bravas. Porque ese día comprobaré que el país que fue el más alegre del mundo tardará mucho en ser el mismo, aunque, único europeo que lo hace, manda carallo, haya abierto los bares antes que los colegios.

Cuando llegue la jornada en la que nos declaremos en libertad provisional y muy vigilada lloraré a la media docena de muertos a los que consideré de veras amigos (¿cómo es posible que si 'solamente', comillas por favor, ha habido veintiséis mil muertos a mí me hayan tocado seis? Alguien está haciendo mal las cuentas). Y tal vez, si me dejan, abrace a sus familias, tal vez ni eso.

Esa jornada desistiré, porque lo sabré inútil, de algunas demandas, querellas y reclamaciones que he soñado en mi arresto domiciliario, porque otros cientos de miles de compatriotas se me habrán adelantado y los juzgados ya estarán colapsados. Pero no sé si desistiré de esa santa indignación que, ante lo inicuo, debe acompañar como un siamés al ser humano. El derecho al pataleo, qué menos.

Y palparé que mi vida laboral y económica, pero, sobre todo, las de nuestros hijos, esa generación que se va a enterar de lo que es pagar el pato, tampoco volverá a ser la misma. Y que he salido de todo esto más reflexivo, más escéptico, incapaz de ilusión política alguna, y menos con estos y con los otros, consciente de que lo que no tiene remedio, pues no tiene remedio. Más viejo, mucho más viejo que los dos meses y medio de reclusión mayor que nos ha tocado vivir.

Desde luego, ese día quizá tendré más claro a quién votar y clarísimo a quién definitivamente no votar. Llamaré a los viejos conocidos a los que aprecio para saber si están en buen estado, físico y sobre todo anímico, o han salido tan hechos polvo de la prueba como uno mismo, cómo se van a rehacer, a replantear la vida en adelante.

Ese día, en el que nos dirán que podemos volver a ser como jamás fuimos, me repetiré, con nostalgia, que cualquier tiempo pasado fue mejor. Y no lo sabíamos, estúpidos.

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