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El conspiranoico no está loco. Está perdido.

No se llega al conspiracionismo por estupidez. Se llega por lógica. Una lógica distorsionada, a veces, pero lógica al fin: alguien que no confía en las instituciones, que ha sido engañado antes, que habita un mundo demasiado complejo para comprenderlo del todo, y que un día encuentra una explicación que lo ordena todo. Que nombra al culpable. Que le devuelve la sensación de entender. (Uso “conspiranoico” no como insulto, sino como etiqueta reconocible para lo que aquí se describe.)

La pregunta no es por qué hay conspiranoicos. La pregunta es por qué nos sorprende que los haya.

 

No buscan una mentira. Buscan un mapa.

El mundo contemporáneo no está diseñado para ser comprendido. Sus dinámicas son sistémicas, no lineales: los mercados reaccionan a algoritmos que nadie controla del todo; las crisis sanitarias emergen de cadenas causales que ni los expertos logran explicar con certeza en tiempo real. Frente a esa opacidad, la mente humana hace lo que siempre ha hecho: busca un actor. Alguien que decida, que planifique, que dirija. No porque sea más probable que exista, sino porque es más tolerable que no exista.

La conspiración no es una deformación del pensamiento. Es una de sus estrategias más antiguas: reducir la complejidad a una narrativa con protagonista y antagonista. El problema no es el mecanismo, sino el objeto al que se aplica.

 

La desconfianza no nace del delirio. Nace de la experiencia.

Hay una pregunta que pocas veces se formula con honestidad: ¿cuántas veces han mentido las instituciones? La respuesta es incómoda. Iraq 2003. Los efectos secundarios silenciados de ciertos medicamentos. Las promesas electorales abandonadas en silencio. El conspiranoico no inventa su desconfianza desde cero: la construye sobre una historia real de engaños documentados.

El error no está en la desconfianza. Está en su generalización. Pasar de «esta institución mintió en este momento» a «todo es mentira siempre» es un salto cognitivo, no una deducción. Pero ese salto ocurre cuando la credibilidad del sistema se ha erosionado hasta el punto en que la sospecha resulta más económica que la verificación caso por caso. Ya no importa tanto si algo es verdadero: importa si quien lo dice parece creíble. Y la credibilidad, hoy, es un recurso escaso.

 

Creer no es solo una posición intelectual. Es una identidad.

El conspiranoico no elige una explicación; elige una comunidad. Los que saben frente a los que obedecen. Esta división introduce algo que la mera información no puede ofrecer: pertenencia, distinción, superioridad cognitiva. El conspiracionismo es una variante especialmente eficaz de ese patrón porque no requiere organización ni coherencia doctrinaria. Solo requiere un enemigo común y una narrativa lo bastante vaga como para adaptarse a cualquier contexto. La conspiración no necesita ser verdadera para ser funcional. Solo necesita ser más convincente que la realidad.

 

El algoritmo lo distribuyó. El poder lo aprovechó.

Las redes sociales no han creado el pensamiento conspirativo; han creado las condiciones perfectas para su distribución masiva. Un algoritmo que jerarquiza la atención, no la verdad, premia el contenido que genera reacción emocional. La conspiración compite bien en ese entorno: es simple donde los hechos son complejos, emocional donde los datos son fríos, compartible donde la verdad exige detenerse a leer. El resultado no es solo desinformación. Es la disolución de un marco compartido de realidad.

 

Cuando el poder miente sobre lo que es verdad, contamina todo lo demás.

El 11 de septiembre de 2001 es el caso paradigmático de lo que ocurre cuando el poder instrumentaliza ese entorno. No porque los atentados fueran una conspiración gubernamental —la evidencia no lo sostiene—, sino porque el poder supo exactamente cómo capitalizar el trauma. No fabricó el ataque; lo convirtió en justificación para la Patriot Act, para Guantánamo, para una guerra sustentada en mentiras sobre armas de destrucción masiva. Cuando esas mentiras salieron a la luz, no erosionaron solo la credibilidad de una administración: erosionaron la del marco entero. Las teorías sobre detonaciones controladas en las torres y las pruebas reales de manipulación institucional empezaron a circular en el mismo espacio, con la misma moneda. Eso no fue un accidente. Fue el coste de haber mentido primero sobre lo que sí era verdad.

 

Tres tipos de conspiranoico. Ninguno idéntico al otro.

No todos los que creen en conspiraciones lo hacen por las mismas razones, y tratarlos como un bloque homogéneo es el primer error de quien quiere entenderlos. Está el conspiranoico reactivo: alguien que fue engañado y generalizó esa experiencia a todo el sistema. Su desconfianza tiene un origen racional, aunque su extensión no lo sea. Es el más alcanzable. Podría pensarse en quien perdió sus ahorros en una crisis financiera mal explicada por los gobiernos y, desde entonces, desconfía de cualquier cifra oficial, incluyendo las del cambio climático.

Está el identitario: alguien para quien la creencia es secundaria respecto a la pertenencia. Intentar refutarlo con hechos es inútil porque los hechos no son el problema; el problema es qué ocurre con su identidad si admite que se equivocó. El caso típico es el militante de un movimiento antivacunas que sabe perfectamente que sus hijos están en riesgo, pero que abandonar la creencia significa abandonar a su comunidad entera. Y está el estructural: alguien con una cosmovisión impermeable a la evidencia, donde cualquier dato que contradiga la teoría pasa a ser parte de la conspiración. Con este perfil, el debate directo no solo es ineficaz: es contraproducente. El primero necesita que le den la razón en su queja legítima antes de cuestionar sus conclusiones. El segundo necesita una comunidad alternativa. El tercero necesita tiempo y distancia.

Esto no significa que el conspiracionismo sea inofensivo. Ha costado vidas: brotes de enfermedades prevenibles, violencia motivada por bulos, erosión de los consensos necesarios para afrontar crisis colectivas. La empatía hacia quien cree no exime de reconocer el daño que ciertas creencias producen. Pero entender el mecanismo es el único camino para interrumpirlo.

 

La pregunta que le importa al conspiranoico nunca es «¿es verdad?»

Las teorías de la conspiración no son el problema. Son el síntoma de instituciones que han gastado su crédito, de una realidad demasiado compleja para ser comprendida sin atajos, de entornos informativos diseñados para la reacción y no para la comprensión.

El conspiranoico no busca la verdad. Busca sentido. Y mientras el sistema no sea capaz de ofrecérselo —con credibilidad, con coherencia, con honestidad sobre sus propios errores pasados— habrá alguien dispuesto a hacerlo con una historia más simple, más emocionante y, sobre todo, más tranquilizadora.

La pregunta nunca fue “¿es verdad?”

La pregunta es: ¿por qué debería creerte a ti?

Y esa pregunta, en muchos casos, es completamente legítima.

 

FRASES

El conspiranoico no busca la verdad. Busca sentido.

La pregunta nunca fue “¿es verdad?”

La pregunta es: ¿por qué debería creerte a ti?

Gonzalo Fernández

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El conspiranoico no está loco. Está perdido.

Gonzalo Fernández

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