Carta del Editor. MH, 3/5/2026

Enrique Bohórquez López-Dóriga

 

Hoy es 3 de mayo, el día, junto con el 2, de la heroica resistencia del pueblo madrileño, en el año 1808, contra las tropas de Napoleón, que ocuparon España. Hoy me vienen a la memoria los cuadros de Francisco de Goya sobre el 2 y el 3 de mayo, cuadros de un pintor genial al que se le atacó por “traidor afrancesado”, mientras él se consideraba “español hasta la médula de mis huesos, hasta los tuétanos”.

Rebusco entre mis libros y encuentro uno, ‘Goya’, del alemán Lion Feuchtwanger, que compré en la Librería Fórum, de Salamana, el 12 de septiembre de 1996 y que tenía -como tantos otros de mis libros- apenas leído. Me parece que el autor consigue un muy buen retrato de una época española en que, reinando los Borbones y bajo la amenazadora sombra de la Revolución Francesa, empieza a desmoronarse la antigua España, a la que se aferraban la vieja nobleza y el poderoso clero.

Ese fuel el mundo en que vivió Goya, amoldándose y manteniéndose independiente, al mismo tiempo, un logro casi sobrenatural. Fue no solo el pintor de Corte, lisonjeado y apreciado, sino también el conocedor de la naturaleza humana, el crítico que se adelantó un siglo a su tiempo y que, perseguido por el Gran Inquisidor y porque tenía mucho carácter y bastante desorden social, terminó su vida -sordo, decepcionado y solo- en el exilio francés, en Burdeos, donde murió, a los 82 años, el 16 de abril de 1828.

Probablemente fue su alma la que le impulsó tanto. Ampliando el campo, yendo de lo individual, Goya, a lo colectivo, España, escribió Ramiro de Maeztu, ya en el siglo XX, en su extraordinaria ‘Defensa de la Hispanidad’: “El alma del hombre necesita de perspectivas infinitas, hasta para resignarse a limitaciones cotidianas. Lo que ahora echamos de menos (los españoles), lo tuvimos, hasta que, en el siglo XVIII, lo perdimos: un gran fin nacional”.

¿Qué es el alma? Dicen que es la esencia inmaterial, principio vital o entidad espiritual que, según diversas tradiciones filosóficas, religiosas y teológicas, habita en los seres vivos. Se define comúnmente como la unidad que organiza el cuerpo, otorgando vida, conciencia, capacidad de pensar y sentir. Etimológicamente, proviene del latín anima, que significa principio de movimiento. Aristóteles la definió como «aquello por lo que vivimos, sentimos y razonamos». Es la forma y el principio unificador que transforma la materia inanimada en un ser vivo funcional. La Real Academia Española (RAE) la define como el principio que organiza el dinamismo vegetativo, sensitivo e intelectual de la vida.

El hombre necesita trascender

La frase de Ramiro de Maeztu que antes he citado tiene una profundidad que sigue resonando: «El alma del hombre necesita de perspectivas infinitas, hasta para resignarse a limitaciones cotidianas.» Y sí, en gran medida, tenía razón Maeztu, que toca una intuición antropológica muy antigua: el ser humano soporta mejor lo finito cuando intuye algo infinito. No vivimos solo de pan, horarios y facturas; vivimos también de sentido, de horizontes, de promesas. Incluso para aceptar la rutina, el sacrificio o el dolor, necesitamos creer que forman parte de algo mayor. Ahí coinciden, desde distintas tradiciones, pensadores como Viktor Frankl, que sostuvo que quien encuentra un “porqué” soporta casi cualquier “cómo”; o Friedrich Nietzsche, cuando escribió precisamente esa misma idea.

La historia ofrece ejemplos claros. Las civilizaciones han levantado catedrales durante siglos porque sus constructores no trabajaban solo para cobrar un jornal: trabajaban para Dios, para la eternidad, para dejar una huella en una obra que no verían terminada. Los soldados soportaban trincheras creyendo defender una patria; los revolucionarios resistían cárceles creyendo en la justicia futura; los padres se privan de placeres inmediatos creyendo en el porvenir de sus hijos. El infinito -sea Dios, la nación, la verdad, la posteridad o el progreso- da sentido a la renuncia.

Sin embargo, también hay un matiz importante. Esa “perspectiva infinita” puede ser luminosa o peligrosa. Cuando el horizonte absoluto se convierte en dogma, puede justificar atrocidades. En nombre de paraísos futuros se han levantado totalitarismos; en nombre de la eternidad se han cometido fanatismos. El hombre necesita trascendencia, sí, pero también necesita límites, crítica y humildad.

Y aquí aparece una paradoja muy contemporánea. En nuestra era digital, muchos han perdido las “perspectivas infinitas” tradicionales —religión, patria, grandes relatos— y las han sustituido por infinitos menores: la viralidad, la fama efímera, el consumo sin fin, la validación constante. Antes se temía el silencio porque recordaba la soledad; hoy se teme porque recuerda la irrelevancia. Sin un horizonte profundo, las limitaciones cotidianas pesan más. El trabajo parece absurdo, el sacrificio inútil, la espera insoportable (el filósofo surcoreano y alemanizado Byung-Chul Han, en su ‘Psicopolítica’, aún exagerando, lo explica muy bien).

Por eso Maeztu, aunque escribiera desde su contexto de defensa espiritual e histórica de la Hispanidad, apuntó a una verdad universal: el hombre necesita trascender. Necesita mirar más allá de la pared inmediata para soportar la habitación donde vive.

La pregunta, entonces, no es si necesitamos “perspectivas infinitas”. Yo creo que sí, pero la cuestión decisiva es: ¿qué infinito elegimos?

Posdata

Melilla ya no es lo que fue, ni volverá a serlo. Su historia permanece, pero su presente está oscuro, por definir, y su futuro (su infinito) por elegir. Definir, elegir y ¡actuar!. Menos observar y prometer hacer, más hacer. Y eso tiene que provenir del pueblo melillense, porque no vendrá jamás de sus dirigentes políticos, sean quienes sean.

Enrique Bohórquez López-Dóriga

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El 3 de mayo y el alma

Enrique Bohórquez López-Dóriga

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