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Después de la tragedia

Se leen estos días trabajos de sociólogos que tratan de avizorar los cambios que la crisis sanitaria puede dejar en los hábitos de los españoles tras el largo confinamiento y el dolor por la insoportable cifra de muertos. Antes del zarpazo de la pandemia nuestra sociedad y la del resto de Europa vivía instalada en lo que se había dado en llamar la "sociedad líquida " (Zygmunt Bauman), que describía un estado de cosas caracterizado por la quiebra del concepto de comunidad y la entronización de un individualismo feroz que desembocaba en un consumismo sin otro límite que el derivado de las circunstancias económicas de cada individuo. La ansiedad ante la aparición de nuevas versiones o aplicaciones de los teléfonos móviles o de artefactos tecnológicos afines era una muestra de esa tendencia descontrolada. Estimulado por la publicidad, el ciudadano, sobre todo los jóvenes pero no sólo ellos, habían mutado en consumidores compulsivos. El fenómeno "Primark" se estudia en las escuelas de negocios.

En el escenario de la política, la crisis de las ideologías y de los partidos tradicionales mantenía abierta las puertas a los populismos extremos de derechas y de izquierdas. En paralelo, tras el "Brexit" y la insolidaridad de Bruselas con los países del sur, el sueño político europeo retrocedía a sus orígenes como simple unión económica.

Pero en eso llegó el coronavirus con su reguero de muertes y lo puso todo patas arriba. La magnitud de la tragedia en España, pero también en Italia, antes en China y ahora en todo el mundo ha forzado el confinamiento de millones de personas generando una inopinada reserva de tiempo para pensar. Para reflexionar acerca de las prioridades de la vida en unos días en los que estamos viendo que es muy fácil perderla. En España, dos de cada cuatro fallecidos son personas mayores. A los ancianos que contribuyeron con el pago de impuestos a levantar la Seguridad Social se les relega en los hospitales públicos por falta de medios. Aún reconociendo la abnegación de los médicos y las enfermeras es una conducta perversa emparentada con el egoísmo de la sociedad individualista en la que estábamos instalados antes de la pandemia.

Algunos observadores singularmente optimistas infieren que nada volverá a ser igual después de la tragedia que nos ocupa y que será un cambio a mejor. Soy pesimista. Tengo para mí que en orden a la insolidaridad y a la deriva populista todo volverá a ser igual. O incluso peor, dada la crisis económica que se anuncia.

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