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Cuba: Un régimen viable, un país exhausto

Por Gonzalo Fernández

Cuba no se encamina hacia una transición ordenada ni hacia un colapso inmediato. Tampoco hacia una explosión revolucionaria clásica. El escenario más plausible —y quizá el más inquietante— es otro: un régimen capaz de sobrevivir mientras el país se degrada. Una erosión prolongada, administrada desde arriba, en la que el Estado conserva el control mientras la sociedad se empobrece, se apaga y emigra. En este contexto, una pregunta comienza a circular con insistencia en ciertos círculos políticos y mediáticos: ¿puede Cuba convertirse en el próximo escenario de una intervención externa, al estilo de Venezuela?

Responder a esa cuestión exige separar la retórica política del análisis estratégico y evitar un error recurrente en la lectura del caso cubano: confundir debilidad con vulnerabilidad. Cuba está hoy objetivamente debilitada, pero no necesariamente expuesta a una intervención externa directa. Y esa diferencia es decisiva.

 

El fin del oxígeno venezolano

Durante dos décadas, la alianza con Venezuela permitió a La Habana sostener un modelo económico improductivo a cambio de lealtad política y servicios estratégicos. El petróleo venezolano no solo iluminaba ciudades; compraba tiempo. Y, con él, estabilidad política. Venezuela no fue únicamente un proveedor energético, sino también una coartada ideológica y un escudo geopolítico frente a la presión estadounidense.

Ese tiempo se ha agotado. La reducción drástica de los envíos energéticos va a devolver a la isla a una situación que recuerda —sin ser idéntica— al “período especial” de los años noventa: apagones generalizados, transporte colapsado, industrias paralizadas y una economía doméstica organizada en torno a la supervivencia diaria.

La diferencia es profunda. Entonces existía una expectativa de salida, un horizonte —aunque incierto— de reinserción internacional tras el colapso soviético. Hoy predomina el agotamiento social. La emigración masiva se ha convertido en la principal válvula de escape: descomprime tensiones internas, pero vacía al país de capital humano, especialmente joven y cualificado. La crisis energética no garantiza el colapso del régimen, pero agrava una crisis humanitaria crónica y eleva el riesgo de estallidos localizados, difíciles de prever, pero cada vez más probables.

 

Una economía bloqueada desde dentro

En el plano económico, el diagnóstico es ampliamente compartido, incluso dentro del propio sistema: sin apertura real al mercado, Cuba no es viable. El problema no ha sido la ausencia de propuestas, sino la incapacidad —o la falta de voluntad— política para aplicarlas. Las reformas impulsadas desde la era de Raúl Castro fueron parciales, contradictorias y, en muchos casos, revertidas o vaciadas de contenido.

El Estado sigue impidiendo que el sector privado opere con autonomía real, mantiene controles de precios y divisas que distorsionan cualquier incentivo productivo y sostiene empresas públicas estructuralmente deficitarias. El resultado es una economía que no produce, no exporta y no atrae inversión sostenible, y que depende crecientemente de remesas y economías informales toleradas a conveniencia.

Estas remesas actúan como un estabilizador social informal: alivian la presión inmediata sobre los hogares, pero reducen la urgencia de reformas estructurales profundas. Lejos de percibirse como una debilidad, el régimen ha integrado esta dependencia externa como un mecanismo de contención social.

 

GAESA: el núcleo del poder real

El peso creciente de GAESA, el conglomerado empresarial controlado por las Fuerzas Armadas, refuerza esta lógica de bloqueo interno. GAESA no es un actor económico más: es el actor central. Controla los sectores generadores de divisas —turismo, importaciones estratégicas, transporte, construcción, distribución de combustible— y ejerce un poder de veto efectivo sobre cualquier reforma que amenace ese equilibrio.

Su racionalidad no es la eficiencia económica, sino la preservación del control político-militar sobre los flujos de recursos. Cualquier liberalización real del sector privado o de la inversión extranjera implica, necesariamente, la aparición de espacios de autonomía económica fuera del control estatal, y por tanto constituye una amenaza estructural para el modelo. En Cuba no se reforma la economía porque reformarla implicaría redistribuir poder y ese poder, hoy, usa uniforme.

 

Continuidad política sin relevo

En el terreno político, la continuidad ha sustituido definitivamente a la transición. El gobierno de Miguel Díaz-Canel no representa una ruptura generacional ni un proyecto reformista, sino la gestión administrativa de un sistema agotado. Carece del carisma histórico del castrismo original y del margen de maniobra necesario para imponer cambios profundos en una estructura diseñada para resistirlos.

El Partido Comunista conserva el control institucional, pero ha perdido capacidad de movilización ideológica. La represión sigue siendo eficaz, aunque cada vez más costosa en términos sociales, económicos y reputacionales. Las protestas de 2021 marcaron un punto de inflexión: el miedo dejó de ser absoluto. Sin embargo, la oposición quedó fragmentada, descabezada y, en gran parte, exiliada. Hoy no existe un actor interno capaz de disputar el poder ni de ofrecer una alternativa de gobierno creíble.

Ni la oposición interna ni la diáspora constituyen, hoy en día, un sujeto político cohesionado capaz de articular un proyecto de relevo. Esta fragmentación refuerza la capacidad del régimen para gestionar la degradación sin perder el control.

 

Estados Unidos y el espejismo venezolano

En este contexto de deterioro interno, el endurecimiento del discurso estadounidense ha reavivado el paralelismo con Venezuela. Declaraciones sobre “máxima presión” apuntan a una retórica de confrontación que, más allá de su utilidad política interna, no se traduce en una estrategia viable de intervención.

Cuba no es Venezuela. No existe una fractura militar visible: las Fuerzas Armadas cubanas son el régimen, no un actor separado del poder político. Tampoco existe un liderazgo opositor operativo en el interior que pueda asumir el poder tras una hipotética intervención. Cualquier operación externa implicaría, de facto, una ocupación sin relevo, el peor escenario posible para Washington, tanto política como estratégicamente.

 

Debilidad no es vulnerabilidad

Aquí reside el error de lectura más común. Cuba está debilitada, sí. Su economía es inviable, su modelo ideológico está agotado y su población vive en precariedad estructural. Pero no es vulnerable en términos de intervención externa. El aparato coercitivo funciona, la oposición interna está desarticulada, la emigración actúa como válvula de escape y el nacionalismo defensivo sigue siendo un recurso movilizable frente a presiones externas.

Los regímenes autoritarios no caen cuando se debilitan, sino cuando dejan de controlar la descomposición. El sistema cubano ha demostrado históricamente una notable capacidad para administrar la escasez sin perder el poder. Puede gobernar mal, pero gobierna.

 

Escenarios plausibles

Con los datos disponibles, pueden delinearse tres escenarios plausibles. El más probable es la continuidad degradada: el sistema resiste, la economía empeora lentamente, los apagones se normalizan y la emigración continúa. Un segundo escenario sería una apertura económica mínima y defensiva, orientada a evitar el colapso total sin apertura política ni pérdida de control militar.

El tercero, menos probable pero no descartable, sería una crisis aguda con estallidos localizados, provocada por un shock energético o alimentario sostenido —no episódico— capaz de poner a prueba la unidad del aparato coercitivo. Para que ese escenario se materialice serían necesarias condiciones extremas que aún no existen, aunque su probabilidad aumenta con el deterioro acumulado.

 

Conclusión: el tiempo como enemigo

Cuba no se enfrenta a una caída inmediata, sino a algo más corrosivo: la erosión prolongada de su viabilidad histórica. El régimen puede sobrevivir; el país, mientras tanto, se vacía, se empobrece y se apaga lentamente. La gran incógnita no es cuándo caerá el sistema, sino cuánto podrá resistir la sociedad antes de que la supervivencia sustituya definitivamente a cualquier horizonte colectivo.

 

 

Gonzalo Fernández

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Gonzalo Fernández

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