En agradecimiento a María Isabel Pintos por su magistral lección sobre La Mantilla en Semana Santa
Tarde de viernes. El olor a incienso envuelve el violeta de las flores. Tarde de Cuaresma. Tenue luz que invita al recogimiento y al silencio. Es momento de escuchar, de abrir el corazón para que se impregne de sentimiento.
Manos primorosas en las que se unen sensibilidad, delicadeza y tradición familiar. Tarde de enseñanzas sobre la Mantilla; de evocar aquellos recuerdos unidos a la Madre, a la Abuela. Gran Señora que supo inculcar en los suyos el sentir por una prenda, que es mucho más que un trozo de Blonda o Chantilly que portar sobre la cabeza. ¡Tarde de emociones intensas!
El negro encaje cae sobre la erguida peina que luce la guapa modelo. Riguroso luto de la Manola que acompañará con Fe a sus queridas Imágenes. Se acerca el momento de procesionar ; cada cual soportando su particular Cruz, cumpliendo la penitencia impuesta a sí mismo.
Es la devoción de un Pueblo, es el sentir Cofrade que cada año aumenta.
Melilla espera impaciente a que en sus calles se vean los largos capirotes nazarenos, que ocultan el rostro de quien los lleva. Caminar silencioso, alumbrado por la grácil luz de las velas. No desean mostrar sus caras, no quieren que nadie les vea.
Melilla es todo elegancia; Melilla es todo gentileza, porque sus mujeres portan el negro encaje de la Mantilla que la llena de belleza.
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Crónica gráfica de un viernes de Cuaresma en Melilla
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