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Carta del Editor

CARTA DEL EDITOR| Cordura y respeto democrático a los medios de comunicación

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“La rebelión de Atlas”, -el gigante mítico que sostiene al mundo sobre sus hombros- es el gran libro de Ayn Rand, que se vendió en Estados Unidos incluso más que la Biblia. De él entresaco, de nuevo y como hice en una de mis Cartas, una frase fundamental: “Observad el dinero. El dinero es el barómetro de las virtudes de una sociedad. Cuando notéis que el comercio se efectúa, no por consentimiento de sus partes, sino por obligación; cuando veáis que, con el fin de producir, necesitáis permiso de quienes no producen nada; cuando observéis que el dinero fluye hacia quienes trafican no en géneros, sino en favores; cuando os deis cuenta de que muchos se hacen ricos por el soborno, por la presión, más que por el trabajo, y que las leyes no os protegen contra ellos, sino que, al contrario, son ellos los protegidos contra vosotros; cuando observéis cómo la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en sacrificio, podéis asegurar, sin temor a equivocaros, que vuestra sociedad está condenada”.


Releo la frase, vuelvo la vista hacia Melilla y su economía, y me estremezco, especialmente ahora que estoy trabajando con mi libro, resumen de los últimos treinta y siete años de nuestra ciudad. “Cuando veáis que, con el fin de producir, necesitáis permiso de quienes no producen nada”, una de las frases que cabo de reproducir, me estremece especialmente, no solo porque me recuerda mucho el tiempo pasado, sino porque me sumerge también en el presente y me lleva a la conclusión de que, si seguimos así, nuestra sociedad, Melilla en general, “está condenada”.


“Nuestras autoridades han de situar la digitalización en el centro del sistema educativo”, leo en un buen artículo, “Hacia una economía digital”, de Balbino Prieto, presidente de honor del Club de Exportadores e Inversores Españoles (hay clubes para casi todo). Coincido con su tesis, pero me horripila esa dependencia mental que la mayoría de los empresarios españoles -especialmente sus representantes “oficiales” y muy especialmente algunos de los empresarios melillenses- tienen de “las autoridades”, de los que no producen nada, según la frase antes citada.


“Trabajamos bajo directrices y controles promulgados por quienes son incapaces de producir nada”, es otra de las acertadas frases del gran libro de Ayn Rand, que está describiendo una economía tan desarrollada y en general eficiente como la de Estados Unidos, no la de Melilla, donde casi todo es público o depende de lo público, o sea y una vez más, de los que no producen nada.


Hace años leí una interesante Historia de España escrita, al compás, por Federico Jiménez Losantos, que preguntaba, y César Vidal, que respondía. Federico preguntaba sobre las consecuencias que tuvo para la España del XIX el regreso del absolutismo por parte de Fernando VII (tras la Guerra de la Independencia). “Muy grave -le respondió César-. En una situación de verdadera alarma nacional, las instituciones estaban encabezadas por gente incompetente y el pueblo no reaccionaba anta la situación”. ¿Alguna similitud con la presente situación de Melilla? Me temo que sí, especialmente en lo que se refiera a la no reacción del pueblo (melillense) ante la alarmante, gravísima situación en la que se encuentra nuestra ciudad.


No tan grave como la de Afganistán, por supuesto, pero con algunas similitudes, cuyo ocultamiento no contribuirá a mejorar nuestra situación melillense, sino todo lo contrario. Estoy harto ya de repetir, de escribir una y otra vez que no tengo intención, ni deseo, de volver a ningún pasado político. Quería un cambio y sigo queriendo un cambio. Un cambio en el que, como pilar democrático fundamental, se respete la libertad de expresión, que no puede -en ninguna verdadera democracia, que es el gobierno del pueblo- supeditarse a los deseos de los políticos gobernantes, sean quienes sean.
Algunos de los políticos locales, como los talibanes afganos, no respetan a los medios de comunicación, no comprenden su papel. No es nueva esa actitud. MELILLA HOY ya la sufrió desde su nacimiento, en abril de 1985. Nos declararon entonces una guerra que ni deseábamos, ni buscamos. El director del periódico de entonces, que era un bendito, escribió un artículo con el título de “Agresión a la cultura”, porque el alcalde, socialista, había ordenado el cierre de las Cuevas del Conventico. Fue la excusa para declararnos la guerra, aunque la verdadera razón/sinrazón era que querían y tenían todo preparado para sacar un medio de comunicación propio, pagado por los ciudadanos y dominado por los gobernantes, no uno independiente. No nos rendimos y nos impusieron la guerra, cuyo resultado -como en la bíblica pugna David/Goliat- ya es sabido por todos los melillenses, treinta y siete años después. Ahora estamos acercándonos, otra vez y van muchas, a los boicots y las agresiones de antes. Recomendaría que, tras analizar un poco la historia local, desde el Gobierno se actuara con más cordura y más sentido democrático, lo opuesto a lo talibán, precisamente. Estoy convencido de que así, con cordura y respeto democrático a los medios de comunicación, las cosas melillenses irían mucho mejor. Porque, además, tengan la seguridad -los que así lo crean- que ahora, como hace tantos años, no nos vamos a rendir ante nadie, ni vamos a obedecer consignas de ningún partido político.

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