Ninguna energía se pierde, tampoco la de nuestros pensamientos, palabras o formas de actuar. De esta forma, tal como las energías sean, positivas o negativas, tienen su efecto posterior, ya que con dicha energía imprimimos “sellos” a nuestra alma. Estos sellos permanecen en el alma también después de la muerte.
Sin embargo también en la reencarnación encontramos la gran misericordia de Dios, ya que en la vida recibimos impulsos para que nos arrepintamos y poder purificar así las cargas negativas creadas, antes de que vuelvan como efectos a nosotros y surja una desgracia, quizás una enfermedad. Afrontar y poner en orden lo que nos muestra el día hace que las cargas en el alma se disuelvan a tiempo y no caigamos en un golpe del destino.
Ésta es la enseñanza optimista que da esperanza y que fue enseñada en el siglo III d.c. por Orígenes. La misma que en el Concilio de Constantinopla fue condenada y maldecida. No sólo aquella que decía que el alma ya existía antes de su nacimiento, sino también su optimismo sobre que al final todo terminará bien, que todo volverá a Dios. Esto también lo condenó la Iglesia para poder atemorizar a sus fieles con un infierno, algo incompatible con el Dios del amor que no desea mal alguno a ninguno de Sus hijos.
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