La vida permanece eternamente y las formas de vida jamás dejan de existir. No hay muerte ninguna, sólo la transformación de las formas de vida. Tampoco existen el pecado mortal ni la condenación eterna, porque Dios no ata, sino libera. En Dios y por tanto en todo el infinito no existe el estar atado y tampoco ningún lugar llamado infierno.
Sólo el ser humano ata y crea lugares de horror. El lugar del infierno es la idea del ser humano que éste ha derivado de su maligna forma de pensar. El infierno y los tormentos del infierno los crea el hombre mismo, en su propio cuerpo y en su destino, con sus actos contrarios a la vida, porque no quiere comprender lo que significan el amor, la unidad y la libertad, ni que Dios es bueno.
Si contemplamos el mundo actual podría suponerse que este mundo es el infierno, pues muchas personas sufren tormentos infernales. Pero tampoco aquí en la Tierra está el infierno. Precisamente en la Tierra deberíamos reconocer nuestros actos contrarios y con la ayuda del Espíritu, a base de arrepentirnos de lo que hayamos reconocido de contrario, purificarlo y no hacerlo más. Éste es el camino que lleva a la vida, y ésta es la liberación de los pensamientos sobre la muerte, el pecado mortal o incluso la condenación eterna. Por tanto la Tierra es un lugar de la misericordia de Dios y cada día de la vida del ser humano es una oportunidad que nunca se repetirá.
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Cada día es una oportunidad irrepetible
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