Categorías: Opinión

Buena gente

Pertenezco a una generación en la que muchos críos queríamos ser de mayores como Quini. Chavales que éramos negados para la práctica del fútbol, que no sabíamos dar una patada al balón y nunca metimos un gol digno de recuerdo, siquiera fuese en el patio del colegio, a los que nunca se nos ocurrió pensar, ni en sueños, ser futbolistas en el futuro. Queríamos ser como Quini porque queríamos ser buena gente. Y Enrique Castro, Quini, era eso. Fue mejor persona que futbolista. Y la cosa tiene mérito, porque fue un jugador extraordinario.
Las necrológicas dirán que fue el máximo goleador de la liga en siete ocasiones, glosarán los títulos que ganó en su carrera deportiva y recordarán que triunfó en su club de toda la vida, el Sporting, en el Barça y en la Selección, aunque no levantase ningún trofeo con la camiseta roja. Uno de esos jugadores que se ganaron el cariño y el respeto de sus seguidores y de las aficiones rivales. Es verdad que vivió un fútbol de otra época, que vendía más pasión que camisetas, que vivía de llenar estadios y no de los derechos televisivos. Futbolistas que labraban su imagen jugando con el balón y no comerciando con su imagen, que no necesitaban subrayar su éxito envolviéndolo en coches de lujo y propiedades paradisíacas protegidas por guardaespaldas. Pero en aquel otro mundo fue una estrella. Eso sí, una estrella al que la fama no volvió imbécil ni le cambió su forma de ser. Nunca perdió sus raíces, nunca olvidó de dónde venía y regresó tras el éxito a su vida normal siendo un tipo normal. Una persona discreta y humilde que vivía en su casa de siempre en un barrio de Gijón, que paseaba por sus calles y chateaba en sus bares, que iba a buscar al colegio cada día a su nieto, que asistía a los entrenamientos de su Sporting y bajaba a los vestuarios a hablar con sus jugadores, que lo veneraban, que respondía siempre a cualquier petición para acercarse a un colegio a charlar con sus alumnos o a un hospital para transmitir lo que él era, buena gente.

Hace una semana murió Forges. Estaba hecho de la misma pasta que Quini. Gloria Fuertes escribió hace unos años un micropoema naif y profundo que los retrataba: "Lo primero, la bondad; lo segundo, el talento. Y aquí se acaba el cuento". Pretendía ordenar los valores en su justa escala. Pero hay gente que en su vida ha conseguido reunir ambas virtudes a raudales. Y Quini era una de ellas.

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