Categorías: Opinión

Banalización del franquismo

El intento de proceso independentista sigue elevando grados de temperatura en el debate político conforme se acerca el 1 de octubre. A la impresionante manifestación vivida en Barcelona en la Diada se suma el cruce de duras acusaciones entre los protagonistas. Oír al presidente catalán y a la vicepresidenta del gobierno español acusarse mutuamente de acabar con la democracia no tranquiliza precisamente. Como tampoco contribuye al sosiego escuchar a Neus Lloveras, presidenta de la Asociación de Municipios por la Independencia, decir en las calles de Barcelona que "España está en decadencia democrática y sumida en una crisis de valores que nos lleva a tiempos franquistas. No es la primera ni será la última, porque el hoy conseller de Presidencia y portavoz del Govern, Jordi Turull, comparó también hace unos meses la posición contraria al referéndum con el régimen golpista y dictatorial de Franco.

Es una paradoja que la presidenta de una organización independentista y en una manifestación en la que se reivindicó el derecho a decidir la independencia se sienta perseguida por alguien a quien tilda de franquista, porque su organización, hoy legal, y el acto en el que participó, hoy legítimo, hubieran sido perseguidos por el franquismo. Quienes cargamos ya con una cierta edad, no tenemos necesidad de que nos recuerden este tipo de cosas. Pero convendría recordar a nuestros niños, que estos días están escuchando debates incendiarios a sus mayores, un par de cosas. La primera, que defender la unidad de España o desear la independencia de España no es delito. Otra cosa es que se pretenda lograr el legítimo deseo con medios ilegales. Y la segunda, que el franquismo, del que ellos afortunadamente sólo saben por los libros de historia, fue un régimen impuesto por un golpista que, durante 40 años, persiguió, expulsó del país, encarceló o asesinó a los discrepantes.

Es verdad que la lengua, con el paso del tiempo o por la distancia con los acontecimientos, convierte en coloquiales algunos términos graves. Hoy llamamos camorrista o mafioso a cualquier pendenciero, olvidando la sangre que la Camorra o la Mafia han hecho y hacen correr aún hoy. Pero con el franquismo deberíamos ser un poco más prudentes. Porque si a alguien que en democracia muestra en su actitud algún tinte autoritario -y los hay de todo signo y color político- le calificamos así, no es que lo criminalicemos, que también, es que estamos banalizando la ferocidad del régimen que sufrieron millones de españoles durante cuatro décadas. Es tan grave y tan ridículo como pretender que Francisco Franco fue un demócrata por haber convocado un par de referéndums en su mandato.

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