Por Fernando Vega Gámez (Doctor en Economía)
La empresa Aceralia nació en 1997 bajo la presidencia de Juan Miguel Villar Mir, Exministro de Hacienda en la Transición, de la reconversión de toda la siderurgia española en la que se encontraban ENSIDESA en Asturias, Altos Hornos de Vizcaya en Bilbao, y Altos Hornos del Mediterráneo en Sagunto. Ciudades enteras vivían del acero y, ante los anuncios de cierre, miles de trabajadores tomaron las calles. En Sagunto, amenazaron con dejar morir el alto horno antes que verlo apagado por decreto. En el País Vasco, la frustración colectiva creó un caldo de cultivo donde el conflicto laboral se mezcló con el político y la calle estaba hiper tensionada, de tal manera que las protestas escalaron con enfrentamientos y cargas policiales, mientras las sirenas de fábrica dejaban de sonar para siempre. Los ingenieros enfriaban lentamente los hornos, conscientes de que ese gesto técnico era también irreversible y simbólico. Y España cerraba sus chimeneas industriales y abría, entre ruido y silencio, una nueva economía donde ya no todos tenían el mismo sitio. Y todo ello provocó que los que estábamos en aquellos años de privatizaciones de las empresas públicas en los mercados financieros, sudásemos tinta para colocar entre inversores privados las acciones de Aceralia cuando salió a bolsa en ese año de 1997.
En 2002 se creó Arcelor mediante la fusión de la española Aceralia, la luxemburguesa Arbed, y la francesa Usinor, a lo que se unieron posteriormente algunos activos de la española Aristrain, de Acesita en Brasil, de Dofasco en Canadá, y participaciones de plantas en Polonia y Marruecos. Y en 2006, el empresario indio Lakshmi Mittal, Presidente de Mittal Steel, lanzó una de las OPAs más duras que se conocen en Europa sobre Arcelor, y se acabó haciendo con ella, después de una verdadera guerra industrial, política y cultural. Hoy es la segunda acerera más importante del mundo, después de China Baowu que es la líder global, y por delante de la tercera en discordia, que es la también china Ansteel.
El negocio del acero es un negocio cíclico muy ligado a la economía real, dado que su producto es esencial en los sectores de construcción, automoción e infraestructuras. Funciona transformando materias primas, como el hierro y carbón o chatarra, en acero mediante procesos intensivos en energía. Los precios de sus productos dependen de la oferta global, por lo que la producción China es clave, y de la demanda industrial, y tiene márgenes volátiles porque sus principales costes, que son energía y materias primas, cambian constantemente. El resultado es un negocio que gana mucho en ciclos expansivos y sufre en recesiones.
Uno de los protagonistas de la semana pasada en los mercados financieros fue precisamente Arcerlor Mittal, que atesoró en los cinco días de cotización una subida del 16,3% y el precio de sus acciones están en la zona de máximos de los últimos 15 años. ¿Qué ha pasado? Que el anuncio de un posible fin de las tensiones geopolíticas en Oriente Medio ha provocado una flexión del precio de la energía, que influye directamente en sus márgenes operativos. Pero hay otro catalizador positivo adicional, y es que la Unión Europea está estudiando gravar al acero chino, además de con medidas antidumping y cuotas de importación, con un arancel de hasta el 50%, lo que a los productores europeos les dejaría un entorno de competencia muy favorable. Arcerlor Mittal cuenta con una planta importante en Estados Unidos en Calvert, Alabama, además de tener presencia industrial en Ohio, Indiana, Illinois, Pennsylvania, Texas y Carolina del Sur, con lo que libra también el arancel del 25% que tiene interpuesta sobre el acero la administración norteamericana.
Y otro de los atractivos por el que los inversores están empujando la cotización es que se encuentra a 12 veces el beneficio de este año frente a sus competidores sectoriales que cotizan en un rango entre 15 y 20 veces.
Pero no todo pueden ser buenas noticias. La media de cotización en los últimos 10 años ha estado en el rango entre 6 y 7 veces beneficios, y además su riesgo estructural sigue presente, y es que esta crisis geopolítica se alargue en el tiempo y entremos en una fase del ciclo económico más débil. También hay que añadir en este plano que esta semana se han vivido en la compañía paros de trabajadores en plantas españolas con protestas por salud laboral, en concreto, por lo que los trabajadores califican como un deterioro en la atención médica, presión para reincorporarse tras accidentes, y prioridad de la compañía en la producción sobre la seguridad. Y en febrero de este año trabajadores de la compañía se concentraron frente al Senado en París para defender los empleos ante anuncios de recortes, y 450 trabajadores han estado en huelga en la planta de Ohio entre mediados de enero y finales de marzo, por motivos de condiciones de trabajo y calidad de vida. En cualquier caso, nada parecido con aquellas movilizaciones del sector que vivimos en los años 80’ en España.
Cuentan que en el Puerto de Sagunto o en la margen izquierda de Bilbao, la sirena de fábrica marcaba el tiempo real más que cualquier reloj en aquellos años 70 y principios de los 80. Los niños no miraban la hora, escuchaban. El primer pitido significaba el cambio de turno, y el segundo, la salida. Y entonces “papá ya viene”. Las madres preparaban la comida con ese ritmo, los bares tiraban cañas justo para ese momento, y las calles se llenaban de hombres con mono azul, muchos en bici, todos a la vez. Hasta que un buen día la sirena dejó de sonar. Es lo que pasa con la cotización de las compañías cíclicas, que un buen día el ciclo económico deja de sonar.
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