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Antonio Bonet Correo

Este miércoles he recibido una noticia, como nuevo golpe. Ha fallecido don Antonio Bonet Correa. Y me recuerda que hace muy poco recibía otra fatal noticia, la muerte de don Carlos Seco Serrano. Me cuesta trabajo ir acostumbrándome a la muerte de mis referentes, de mis maestros, de las personas a las que he admirado. Don Antonio Bonet ha sido uno de los historiadores del arte más prestigiosos de la segunda mitad del siglo XX, un referente, el REFERENTE . Poco puedo decir. Le conocí en 1995, cuando mi maestra la profesora Dña. Rosario Camacho, melillense, le propuso como miembro de mi tribunal de tesis. Y a partir de ese momento tuve el honor de poder tener más relación con él. Y me remito a 1997, cuando vino a Melilla para presentarme un libro: La Ciudad de Melilla y sus autores. Entonces demostró muchas cosas, muchísimas, y todas brillantes. La primera que un hombre prestigioso como él, venía gustoso a Melilla, a conocerla, a transmitirnos sus ideas y sensaciones, y sin mayores honores, ni recompensas, con total humildad. Posteriormente pude formar parte, gracias a él, de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Tengo muchas anécdotas de su visita, pero selecciono algunas. Al ir a recogerlo al aeropuerto, tenía la idea de llevarlo directamente al ensanche modernista, pero don Antonio me dijo, ¡oye, llévame a una carretera, que baja a unos cortados¡ Me quedé estupefacto, pero claro, rumbo a los Pinos y rumbo a Aguadú. Entonces me confesó que conoció al ingeniero que hizo la carretera de Aguadú, y que esa carretera era igual que la que existía en la isla de Capri, y que había citado en un libro suyo de hacía muy poco tiempo. Fue la primera lección, un gran hombre, es aquel que tiene la capacidad de sorprenderte, el que tiene OTRA MIRADA, otra forma de ver las cosas. De aquí arranca otra historia, porque a partir de ese momento investigamos sobre Job Placencia, el ingeniero al que ser refería Bonet, y pude localizarle en un pueblo de Madrid, y finalmente su archivo se recuperó y está ahora en el Archivo de la Ciudad.

Y volviendo a la historia, don Antonio no dejó de sorprendernos en su visita, las cosas por las que se interesaba, demuestran que era una persona realmente singular. Muchas anécdotas para tan poco espacio como este.

Sí quiero decir, que don Antonio Bonet me decía sobre Melilla: lo más increíble de la ciudad es la escala, no os lo imagináis, pero Melilla tiene una escala humana, la arquitectura está adaptada al hombre, es una CIUDAD HUMANA. “Melilla, ciudad blanca y azul, radiante y arquitectónicamente perfecta”.

Siempre recordaré las palabras del maestro, su ironía, su sabiduría, y sobre todo su humanidad, descanse en paz tanto como le admiramos las personas que le conocimos.

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