Gravámenes odiosos de Pedro Sánchez

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Tras la muerte de Enrique IV, al que le colgaron el sambenito de El Impotente, su heredera, Isabel I, luego junto con con Fernando, respetando los privilegios económicos de los nobles que los auparon al trono, tuvieron el acierto de alejar de alejarlos del gobierno. La consecuencia: eso, junto con los descubrimientos de América, trajeron la riqueza, y la corona, recaudando impuestos sobre todas las actividades, consiguió la paz. Nada pacifica más que tener dinero (lana, que es de dónde provenía buena parte del dinero en aquellos tiempos) para poder pagar a casi todo el mundo, como bien saben, por citar un ejemplo próximo, algunos de los actuales gobernantes melillenses.

Sin embargo, en esta peculiar prosperidad y reparto de fondos públicos melillenses -como ocurrió hace seis siglos en Castilla- se evidencia ya la convulsión destructiva que sacude a nuestra ciudad y que, de seguir así, terminará por destruirla, y no a largo plazo.

En las elecciones madrileñas recientes se ha apelado mucho a la libertad y esa apelación condujo a una impresionante victoria a los que bajo la libertad se cobijaron. Lo mismo hicieron los comuneros y ese fue el fundamento de su política: la libertad. Su primer paso, del que surgió el movimiento comunero castellano de 1520, fue el de “no verse sometidos a gravámenes odiosos para sostener los caprichos, errores y dispendios del césar”, que en aquel entonces era Carlos V, y hoy es Pedro Sánchez. A los jefes comuneros los mataron, pero la libertad, como hemos tenido ocasión de comprobar de nuevo la semana pasada, no ha muerto y nos vuelve a recordar al genial Cervantes, El Quijote, Sancho Panza y la administración de la ficticia ínsula Barataria.

La idea cervantina esencial fue la libertad, don con el que “no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra y el mar encubre”. Cervantes fue -como destaca Lorenzo Silva en su última y extraordinaria novela, “Castellano”, sobre la revuelta de los comuneros contra Carlos V, en 1521- “el heredero de esa idea castellana de preferir el sacrificio y el peligro a la sumisión que resguarda”. Y Cervantes, como la libertad, es eterno.

La verdadera memoria histórica

“España es un gran país” me decía y repetía anteayer un buen amigo musulmán, quejoso de cómo están las cosas en Melilla y de la creciente y peligrosa mezcolanza religión-política. Él, como yo, lee mucho e insiste en la importancia de conocer nuestra historia, para conocernos mejor a nosotros mismos.

Con esa premisa y como un primer paso de lo que espero que sea un largo caminar, publicará pronto nuestra empresa Grupo de Medios de Comunicación (Grumeco) la segunda edición, corregida y aumentada, de un gran libro, “El primer día de la guerra. Segunda República y Guerra Civil en Melilla”, del melillense Miguel Platón, un gran historiador y un enorme periodista. El libro, de casi 900 páginas resultado de un largo y concienzudo trabajo, es impresionante por sí solo y para los españoles en general, pero muy especialmente para los melillenses. Su último párrafo es muy indicativo de cómo es y cómo siente Miguel Platón: “Sobre la fachada del Casino Militar todavía se alza el escudo de la Segunda República Española, con su corona mural, puesto que el edificio fue construido durante su mandato. Ni a lo largo de la dictadura de Franco, ni al restablecerse la Monarquía, se cuestionó alterar un símbolo que representa la verdadera memoria histórica de España”.

Leyendo

“En un bosque hay un tigre feroz con un collar de diamantes. ¿Quién se lo puede quitar?. ¡El que se lo puede quitar eres tú mismo, porque tú eres el tigre! ¡Levántate! Libérate del collar que te impusieron. Deja de ser un niño mendigando amor, ten confianza en tu camino.” El escritor mejicano Cristóbal Jodorowsky tardó treinta años en resolver esa paradoja que su padre le planteó siendo un niño.

Posdata

¿Se ha producido, como asegura el PP local, una ruptura abrupta entra Salud Pública -municipal/Ciudad Autónoma- e Ingesa -Sanidad estatal- en la campaña de vacunación? Quizás, pero el fondo del problema, en esto como en tantas otras cosas que ocurren en Melilla, es la anomalía de nuestra situación de “Ciudad Autonoma” que no es, como cantó Victor Jara, “ni chicha, ni limoná”, que es, simplemente, una anomalía más, muy grave, de Melilla, y Ceuta, dentro del panorama político y social español.