Cualquier español ha escuchado numerosas veces a lo largo de su vida esta frase: “Al que no le guste que se vaya”.
Es una frase que se ha repetido en España a lo largo de nuestra Historia, no sólo en sentido condicional sino también imperativo, y por ella han sido expulsados del país los jesuitas, los musulmanes, los judíos, demócratas, republicanos, …, mientras que a otros se les ha hecho la vida imposible para que se fueran, caso de los homosexuales.
Esta frase ha servido para afianzar la influencia económica y política de una estirpe que no responde de sus actos porque su poder les viene “por la gracia de Dios”, o más bien de un dios que esta estirpe se ha fabricado a su imagen y semejanza.
Hace pocas fechas hemos vuelto a oír esta frase en Melilla, en el marco de la “crisis de los borregos”, a la Consejera de Presidencia de la Ciudad, invitando a los musulmanes a irse a Marruecos a celebrar la fiesta de Aid el kebir.
Con ello queda manifiesto el arraigo y predicamento que la intolerancia, en este caso religiosa, sigue teniendo en España a nivel gubernamental; cómo esta intolerancia se inocula en los ambientes familiares, sociales, políticos, … . Y lo preocupante que resulta que representantes públicos, que han de adoptar acuerdos que afectan a ciudadanos/as de todo tipo y condición, los tomen con prejuicios excluyentes.
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“Al que no le guste que se vaya”
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